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Escribió hace unas cuantas semanas, en un pequeño pueblo de Levante, lo siguiente: “Voy a recordar esto”. Lo escribió sentado en la terraza de un apartamento. Más allá de la barandilla, palmeras, algunos edificios bajos de entre dos y cuatro plantas, campos abandonados, un frontón, campos cultivados, naranjos, un pueblo cercano, una autopista y una serranía. Y un nido de gorriones en el tubo de ventilación de la cocina del apartamento contiguo. Tenía razón. Ahora lo recuerda.

El horizonte del Mediterráneo es el borde inalcanzable de un recipiente de plástico azul. Las palmeras se asoman de puntillas desde la retaguardia de las playas para otear detrás de esa línea negra dibujada sobre un azul inconcebible situado entre el cobalto y el azul de Persia. A ver quién diferencia eso. Las palmeras no. Y tampoco consiguen vislumbrar nada más allá del borde del recipiente. Tan sólo logran despeinarse. A ver quién arregla eso.

En el verano de la distopía la gente se vigila (esto también lo recuerda), en el agua y en la arena. Hay un flujo invisible pero cierto de personas que se mueven entre las olas suaves alejándose unos de otros, como imanes enfrentados por el mismo polo deslizándose sobre una superficie ondulante. En la arena es otra historia: simplemente se mira mal a aquel que sitúa sus enseres playeros demasiado cerca. Nos damos miedo, los humanos. Nosotros que necesitamos de unas manos diferentes a las nuestras para saber de nuestra existencia, para cerciorarnos de que seguimos aquí.

Al volver del agua una mujer mayor sentada en una silla de playa se ha colocado junto a nuestra toalla. Demasiado cerca de nuestra toalla. La mujer, de edad muy avanzada, habla por un teléfono móvil. Lleva una gorra de origen indefinible. Viste un bañador negro de estampado tropical, si es que en los trópicos se ven escenarios parecidos. Y se parece a Lauren Bacall.

Mientras nos tumbamos en la toalla resulta inevitable escuchar retazos de su conversación con una hija, o una nieta, o con alguien que se preocupa, al parecer, por su bienestar. Lauren cuelga y se coloca unas grandes gafas de sol. Muestra una ligera sonrisa: es la sonrisa de quien sabe que casi todo da igual. La sonrisa de quien dijo alguna vez en alguna entrevista que el haber nacido en Nueva York le había hecho saber que el mundo, a ella, no le debía ni una maldita cosa. Y aquí, al borde del Mediterráneo, sabe que nada cambia. De ahí la sonrisa, dedicada no sólo a este mar indiferente que se mece y se niega a entregar respuestas a nadie: de entre las olas, y sorteando a la gente en ese baile de desconfianzas que es la canción del verano de la distopía, aparece un hombre también de muy avanzada edad que se dirige hacia ella. Lleva un bañador negro y el pelo escaso peinado hacia atrás por alguna ola. Empapado, responde a la sonrisa de Lauren, se detiene frente a ella y se apoya en los brazos de su silla con un gesto de joven de veinte años.

Se inclina sobre la mujer. Se besan. Lauren besa a Humphrey Bogart. Y suena, yo que sé, la banda sonora de El sueño eterno. Y creemos, yo qué sé, que era cierto lo que nos contaban acerca del amor. Y recordamos, yo qué sé, el reposo y la calma en la curva de un cuello sobre un hombro, acariciados por su pelo.

Lauren acaricia los brazos mojados del anciano. Sonríen. Caen gotas saladas del cuerpo de Humphrey sobre el bañador de ella. Cuando el hombre se incorpora, lentamente, sus manos permanecen unidas unos segundos. Se miran de nuevo y parecen afirmar: “seguimos aquí”.

Y vuelve a sonar, yo qué sé, música que proviene de nadie sabe dónde.

mvallsgordejo@hotmail.com

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