Un otoño chungo

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ACER

Hoy les voy a plantear un problema de cálculo digno de cualquier alumno de nivel medio de Primaria. A eso de las siete y media de la mañana, dos rusos y un norteamericano parten de una ciudad de Kazajistán en un cohete rumbo a la Estación Espacial Internacional. Apenas un cuarto de hora antes, unos cuantos valientes y animosos viajeros de origen y condición indeterminada toman un tren. Pista: unos y otros tardarán aproximadamente el mismo tiempo en llegar a su destino.

Teniendo en cuenta que la Estación Espacial orbita a esta hora a 408 kilómetros de altura y que los viajeros del tren se dirigen a un punto que se encuentra a la mitad de distancia que la ISS y no tienen que despegarse de tierra firme, ¿de dónde demonios parten los animosos viajeros y en qué decimonónico medio de transporte se han embarcado para tardar tantísimo tiempo? Si el alumno de Primaria es alguno de sus hijos, seguramente tenga la respuesta: de uno de los trenes que van y vuelven de Salamanca a Madrid.

Que van y que vuelven salvo que se averíen, que todo hay que tenerlo en cuenta. Esto que les he planteado no ha sido invención de un astronauta impertinente y malpensado como yo. Sucedió el pasado miércoles, y lo del tren no deja de ocurrir cada día, con toda impunidad y descaro. Y para más inri, los salmantinos no hemos recuperado aún los servicios ferroviarios en condiciones que se ofrecían antes de la pandemia y tenemos que conformarnos con horarios escasos e imposibles que obligan a descartar el tren como medio de transporte para un viaje relámpago a la capital, algo que en coche se completa en poco más de hora y media. Y luego quieren que la economía se reactive y no sé qué mandangas.

Hoy tengo el puntillo pesimista. Son muchas movidas chungas juntas en este otoño que acaban quebrando el ánimo a uno. Ya es duro ver a quienes deberían buscar soluciones a todo esto que prefieren tirarse los trastos a la cabeza en el Congreso porque, sin duda, les resulta más rentable políticamente cara las próximas urnas. Y si uno dirige la mirada hacia las nuevas generaciones que representan nuestra esperanza, ellos están ocupados montándose fiestas para favorecer la integración en el inicio del curso universitario. Y claro que hay riesgo de transmisión de COVID, pero entiéndame, señor agente, que no podemos consumir estas fantas de limón sin quitarnos la mascarilla. Además ¿esto del coronavirus no hacía más daño a los viejos?

Llevo 28 añazos en la Catedral y creo que es la primera vez que miro los chavales, a sus comportamientos irresponsables y a casi todo en general con el desdén del adulto convencido de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Esto nunca lo creí, pero el panorama que se está dibujando a todos los niveles me está marcando debajo de la escafandra unas arrugas de viejo gruñón que no pintan nada bien. A ver si los colegas de la Puerta de Ramos me sacan de fiesta una noche de estas y se me pasa.

astroimper@telefonica.net
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