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miércoles, octubre 28, 2020

Por los astronautas del coronavirus

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Decíamos ayer que aquel sonoro estornudo con el que Fray Luis de León hizo temblar las cresterías del Patio de Escuelas de la Universidad sembraba la preocupación entre el estatuario salmantino. Y quien dice “preocupación’ podría entender ‘pánico absoluto’, que no tengo que explicárselo todo, que ya son ustedes mayorcitos. Acababa de empezar el mes de marzo, hacía bastante frío y se ha visto que aquel estornudo no fue moco de pavo, permítanme el chiste barato.

Poco después de aquel atchís, que contagió a unas cuantas esculturas e hizo huir a saltos a la mismísima rana –jamás se vio a la calavera de la fachada plateresca tan calvísima- se precipitaban los acontecimientos. Y se precipitaron escaleras abajo montando un buen estruendo. 

Pandemia mundial, declaración del estado de alarma, confinamiento, aplausos a las 8 en los balcones, el “Resistiré”… todo eso, seguro que se acuerdan. Han pasado cinco meses y no somos los mismos que entonces, no señor. Como sociedad somos bastante peor. Y esto no era lo que presumíamos hace cinco meses.

Quisimos creer que tras el confinamiento valoraríamos más las cosas importantes de la vida, pensaríamos más en el prójimo, seríamos más conscientes de nuestra propia fragilidad como especie efímera sobre la faz de la Tierra… Pero faltó, vaya que sí faltó, que alguien nos diera, como especie en conjunto, una buena hostia con la mano abierta en toda la cara, porque se ve que este conato de extinción masiva imprevisto no ha sido suficientemente elocuente. No lo hemos pillado. 

Se nos olvidó que somos humanos. Como humanos son el contrabando, la corrupción, la mentira, la indiscreción. Sabemos que todo eso está feo, y por regla general está prohibido y penado por la ley. Pero si lo hago yo a escondidas no hago mal a nadie y nadie tiene por qué enterarse. Me escapo un poco del confinamiento, beso un poco a los amigos y familiares, me bajo un poco la mascarilla para hablar por el móvil. Será solo un momento, no tiene por qué pasar nada.

Lo cierto es que no sabemos los efectos reales de nuestras pequeñas transgresiones. Aún no han sabido hacer gráficos grandes de colorines, ni divertidos mini vídeos de TikTok capaces de explicar bien a cuánta gente podemos joder la vida por no lavarnos las manos lo suficiente, por no aguantarnos las ganas de ofrecer ese gesto de cariño. Hay todavía demasiado desconocimiento, pero me temo que muchos tampoco querrían saber.

Puedo dar fe de que en la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva de Salamanca hace mucho calor en agosto. Los que me conocen desde que empecé a escribir en DGratis en junio de 2004 recordarán mis súplicas al deán cada año por un uniforme de verano. Pero hoy agradezco llevar puesto este Equipo de Protección Individual con el que me talló en 1992 mi creador, Miguel Romero, artista de la piedra de Villamayor, y admiro a los profesionales que se esfuerzan por servir a los ciudadanos ataviados con esos equipos aislantes, sin pensar en el sudor que les corre del cabello hasta la punta del pie. Los esforzados astronautas del coronavirus.

Y mientras ellos se entregan para salvar vidas, tú dices que te quitas la mascarilla porque “no puedes respirar”. Tú lo que eres es un gilipollas.

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