Los méritos del Emérito

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Hablemos de lo que importa. Hace quince años Los Serrano arrasaban con las audiencias de la tele. ¿Qué ha sido lo primero que les ha venido a la cabeza al mencionar la serie? Tal vez los prontos de Resines, quizás el nulo estrés que se vivía en aquel bar de barrio, puede que Fran Perea cantando el “uno más uno son siete”… No. Apuesto a que lo que les marcó realmente fue aquel lamentable final que los guionistas dieron a la historia. Todo había sido un sueño. Un sueño de ocho temporadas y 147 episodios nada menos. Con un par. Ríanse ustedes del sueño de Blancanieves o del coma de Michael Schumacher. Eso es sobar con profesionalidad, Resines. Aquel final nos dejó el gesto ese del emoticono con cara de asquete. El final mal resuelto se comió en nuestra memoria lo bueno, poco o mucho, de todo el argumento anterior.

Cuando Los Serrano rompían los audímetros hace quince años, el Emérito festejaba sus 30 años de reinado “más que nunca ilusionado y resuelto a seguir dando lo mejor para contribuir a integrar cuantos esfuerzos favorezcan nuestra convivencia e impulse nuestro progreso”. El diario El Mundo lo señalaba como una de las personas mejor valoradas por la opinión pública. Corrían los rumores sobre su vida privada, pero la prensa más poderosa no creía oportuno airear lo que parecían “asuntos privados”. Hasta que unos tiros en Botsuana, una foto junto a un elefante muerto, una cadera hecha trizas y una compañía femenina (otra más) nos despertó bruscamente del sueño real.


Desde entonces, el Emérito ha ido cayendo por un tobogán de descrédito que aún no ha tocado suelo. Y probablemente cuando lo haga producirá tal socavón en el suelo que dejará lista su propia tumba para cuando le llegue el momento fatal. Ya se ha iniciado el debate público dentro y fuera de nuestro país sobre la imagen con la que la Historia recordará a este hombre que, como prácticamente todos sus antepasados, creyó que con jarabe de campechanía podía elevarse sobre el bien y el mal. Pero no advirtió que este país ya no es el que le aceptó en el trono en 1975.

Por eso, a nadie le sorprenderá que muchos vayan perdiendo aquel respeto reverencial y se presenten iniciativas para retirar su nombre a centros públicos, aparcar estatuas o revocar homenajes. Surgirán por todas partes listos y listas presumiendo de que “ya lo sabían”, los mismos que hace 15 años, cuando DGratis daba sus primeros pasos, hinchaban las encuestas de fervor monárquico.

Hay que quedarse hasta el final para juzgar una película. Porque nunca sabes lo que puede suceder en el giro final. Lo mismo resulta que era un sueño, o que estaban todos muertos aunque no lo pareciese, o que Lance Armstrong ganaba haciendo trampas. Lo que sea. Bautizar un teatro o un polideportivo antes de que nuestro héroe doble la servilleta por última vez puede generarnos desagradables sorpresas. Y luego hay que gastarse una pasta en el cambio de los rótulos.

La semana que viene les cuento todo lo que sé sobre la escapada de nuestro Emérito Augusto. Mira, Sergio Ramos, si me lees, ya tienen nombre chulo para tu quinto retoño.

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