Lo de la pistolita

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Es temprano por la mañana. Un coche de alta gama entra en el aparcamiento del centro, como antes habían entrado otros tantos vehículos. La niña -falda gris, polo blanco, jersey azul y zapatos oscuros- mira al exterior desde el asiento del copiloto: este año mamá no puede venir. Tras despedirse de su papá con un beso fugaz y probablemente un intercambio de sonrisas (a ver cuándo se comercializan las mascarillas transparentes) se dirige hacia el acceso principal con paso apresurado cargando una enorme mochila casi más grande que ella misma. Nadie podría sospechar que de pronto aquella mujer, también con la cara oculta bajo una máscara que escondía sus intenciones, va a abordar a la inocente niña deteniendo su paso y le va a plantar sin más una pistola en la frente.

-Treinta y cuatro con siete. Está bien. Adelante, Leonor. Bienvenida.

La princesa ha vuelto al cole. Bueno, la princesa y también cerca de ocho millones de escolares en toda España, para alivio y también preocupación de sus padres. Hay temor en los hogares a que los encuentros bajo techo multipliquen los contagios de coronavirus, y más aún viendo la improvisación y desorganización con las que muchas administraciones han afrontado el reto del regreso a las aulas. Desde la portada de Ramos de la Catedral, las figuras de piedra cruzamos los dedos para que todo salga bien. Aunque me parece que me van a faltar dedos suficientes para invocar a la suerte que necesitaremos.

De todo el protocolo de seguridad, es esa pistolita termómetro lo que más me sigue llamando la atención. Hace unos años me animé a pedir a los Reyes Magos –que en la Catedral de Salamanca se concentran en el deán, cómo no- una pistola en piedra de Villamayor para completar mi atuendo aportando un toque de ‘guerrero galáctico’. Mi intención era exhibirla solamente en caso de que algún merluzo o besuga pretendiese tocarme dando un salto o subiéndose a la chepa de otro. Yo entonces sacaría mi pipa espacial y al osado u osada le daría un parraque de los buenos. Una vez que oyó mis justificaciones, el deán me miró con un gesto condescendiente y se marchó hacia dentro del templo murmurando algo que apenas pude entender, pero que sonaba como “a este Gagarin se le está subiendo la fama a la cabeza”.

“Esta pistolita que nos lee la temperatura sin tocarnos es tan fiable como las encuestas del CIS, como los índices de audiencias basados en los audímetros, o como los Milli Vanilli,que eran monos y daban el pego pero que no cantaban una nota”

La pistolita termómetro se ha popularizado durante esta pandemia para controlar la temperatura en prevención de posibles síntomas del COVID, pero ha venido a demostrar una cosa mucho peor, y es que, por lo visto, todos somos lagartos de sangre fría disfrazados de humanos. Nadie llega a los 35 grados, lo que de toda la vida ha sido una temperatura imposible por bajísima. La pistolita no mide bien la temperatura y engaña, pero a ver quién es el guapo que lo denuncia cuando todas las administraciones de un color y otro se habrán gastado un pastizal en esta escopeta desviada de tiro de pichón.

Esta pistolita que nos lee la temperatura sin tocarnos es tan fiable como las encuestas del CIS, como los índices de audiencias basados en los audímetros, o como los Milli Vanilli, que eran monos y daban el pego pero que no cantaban una nota. El triunfo de la apariencia es otro de los signos de nuestros tiempos. Tenemos todo controlado, señor ministro, tenemos termómetros con forma de pistola que miden la temperatura a ojo. Y así todo igual de bien.

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