Hacer un calamar y otras artes

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Por fin, ya iba siendo hora. Eran muchos meses de anormalidad, la realidad distópica que nos envolvía amenazaba con hacernos perder la cordura. Parecía el mundo al revés, pero ya no. Un juez ha imputado a un partido político que gobierna España por presunta financiación ilegal. Se hacía raro que los chicos de Podemos hubiesen asaltado los cielos sin saltarse las normas al menos un poquito. Esas leyes que los representantes del pueblo debaten y aprueban para, ya saben, regular la vida en sociedad. Ya se verá qué hay de cierto en las presunciones del señor magistrado, pero no ha pasado un año antes de que la formación que lidera Pablo Iglesias suspenda el primer examen de una asignatura troncal para todos los políticos que quieran ser algo. No solo hay que ser honesto, sino además parecerlo. Por cierto, que esto lo dijo Julio César en alusión a su esposa Pompeya insinuando en público un desliz que no existió porque quería quitársela de en medio. Una “fake news” en toda regla ya en el año 60 antes de Cristo. Pero esa fue otra historia.

A Podemos le ha pillado el toro del juez sin darles tiempo a emprender alguna de esas maniobras evasivas a las que todos estamos tan acostumbrados. La habitual es “hacer un calamar”: es decir, emborronar el ambiente soltando chorros y chorros de tinta en declaraciones que manchen la imagen del rival para confundir a la opinión pública y así evadirse discretamente del escenario. Estoy convencido de que este truco del calamar figura desde hace años en los manuales de los Ivanes Redondos y otros asesores top de la política. En España somos muy buenos en eso. Otro de los trucos para evadir responsabilidades es el que se ha hecho ya norma en el fútbol postconfinamiento: el quíntuple cambio para refrescar el equipo, apartando del terreno de juego a los elementos sospechosos. Una variante más elegante de esta jugada es la llamada “refundación del partido”, ese congreso en el que se cambia el logo, se cambia el himno y, en situaciones extremas, las siglas y hasta el nombre de la formación, y apelando a objetivos presuntamente electorales, el partido suelta laste y envía lejos a los Zaplana y Acebes de turno. Es este país somos maestros en la prestidigitación política: te muestro la mano vacía por aquí pero la moneda la he escondido allá, donde nadie estaba mirando.

Es por eso que este astronauta tiene que tirar de las orejas a esos asesores tan concentrados en las encuestas y en los efectos de imagen que, sin embargo, no perciben las pistas obvias. Si no quieres sembrar sospechas de que estás simulando contratos para repartir comisiones en forma de sobresueldos, aparta de ese chanchullo a Monedero, que quieras que no, pero tiene un apellido que induciría a sospechar hasta al juez más lerdo e inocente.  Tanto hablar de democracia consolidada y es que parecemos nuevos…

En este terreno de la honestidad y la transparencia, el más franco –perdonen, es que me lo ha puesto a huevo- fue el emérito. Ya desde joven se recorrió los mares del mundo en un yate que se llamaba “Fortuna” y se entregó con pasión a competir en las regatas de vela en otro barco que se llamaba “Bribón”. Después de eso, ¿qué podíamos esperar?

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