Bienvenidos a Guatepeor

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Recuerdo las caras de la gente. Llegaban con los ojos muy abiertos mirando por regla general hacia arriba, aunque al lugar equivocado. Al principio traían un plano en la mano ­—ay, aquellos tiempos del plano plegable— y más recientemente venían mirando su teléfono móvil. Les llamábamos “turistas” y acostumbraban a desplazarse en grupo, desde una pareja al ‘modo rebaño’. De pronto a uno de ellos se le iluminaba la cara y me señalaba con el dedo con gesto alegre. Misión cumplida. Entonces yo adoptaba mi gesto más profesional de anacrónica y simbólica talla y para ello solía utilizar el infalible truco de concentrarme, con actitud de profunda admiración, en los logros históricos de la carrera espacial. Nunca fallaba. Todos se marchaban satisfechos. Después se acercaban a acariciar la liebre y eso me ponía de mala leche, pero eso es otra historia.

Hemos entrado en el esperado 2021 y esto no tiene pinta de arreglarse. Nos quejábamos de Guatemala y estamos entrando en Guatepeor. No hace falta que les enumere la lista de calamidades que llevamos en menos de dos semanas. Ya se me están borrando de la memoria las caras de gozo de los visitantes que se acercaban a la Portada de Ramos de la Catedral, porque entre la pandemia que no se arregla y Filomena que todo lo desarregla, aquí no aparece nadie. Y me quiero hacer protagonista, pero mi situación no es más que ejemplo de lo que está viviendo Salamanca, una ciudad que fue consolidando su posición como destino turístico de interior de primer orden hasta que la maldición que todos tenemos en mente nos dejó sin turistas. Quién me iba a decir a mi cuando me tallaron en 1992 con la finalidad de ser visto y admirado que —atención a esto— podría terminar en el paro. Una escultura en el paro, ojo con el jueguito de palabras.

Mientras todo se va a la mierda un poquito más cada día, me despierta cierta ternura ver a los salmantinos ocupando las terrazas al sol de un invierno con cero grados. Como reivindicando su derecho al ocio, desafiando al coronavirus, al frío y a la madre que le parió a esta época. Ternura, admiración y que no falte algo de preocupación paternal: imagino que no pocos de ellos terminarán con dieta de paracetamol por resfriado, o tal vez —dios no lo quiera—en cama por una pulmonía. 

Imagino a los futuros convalecientes dedicando aparatosos cortes de mangas al bicho —“¡jódete, coronavirus!”— no sin cierta secreta alegría por no haber caído víctima de la enfermedad de moda. A ver, señoras y señores, no me parece una buena idea. Vale que entre todos queramos echar una mano a la hostelería, pero no se jueguen la vida en el intento.

Ahora les dejo, que por allá lo lejos vienen dos personas caminando y en estos tiempos es toda una novedad. Lo mismo tengo que recuperar mis apuntes de pose para turistas. Cuídense estos días y cuidado con darse un batacazo en el hielo, que la sanidad no está para gaitas.

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