Anaya Stadium

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Cuando el sol se pone y principalmente cualquier día de lunes a jueves, las figuritas de la portada de Ramos nos descolgamos de la piedra de Villamayor para echar una pachanga en el prado que ha surgido como de la nada en el atrio de la catedral. El “Anaya Stadium”, como le llamamos, poniéndole aroma de Premier League a cuatro matojos desordenados que han surgido entre las piedras. A decir verdad, lo que se dice fútbol se ve bastante poco, porque en cuanto la pelota se nos va hacia Anayita o cae plaza abajo por la calle Juan del Enzina, se nos olvida a qué hemos venido y nos liamos de tertulia hasta medianoche.

Ya suena a tópico, pero estas muestras del empuje imparable de la naturaleza no dejan de sorprenderme. Fue en la primavera de 2019 cuando el Cabildo decidió vallar una parte del atrio —para que me entiendan, el espacio que queda a su izquierda cuando vienen ustedes a admirar mi gentil figura— al comprobar que existía un peligro inminente de ruina y de desplome por el deterioro de los materiales. Y no era cuestión de arriesgarse a que un visitante cayera de pronto a las catacumbas, como los actores que desaparecen de la escena al abrirse una trampilla a sus pies. Desde entonces, que si Patrimonio tiene que estudiarlo, que si a ver si nos pasáis el presupuesto, que si esto y que si lo otro hasta que se nos echó encima la pandemia, el confinamiento, y luego aquello fue convirtiéndose en una selva que hasta el momento no ha merecido ni una somera limpieza provisional.

Ahora que leo que la Catedral va a pasar por fin la guadaña sobre esta selva virgen, surgida de la nada bajo los muros nada menos que de la catedral de Salamanca, ciudad Patrimonio de la Humanidad, se me hace más fácil comprender cuando les cuesta a los vecinos de cualquier barrio que el Excelentísimo Ayuntamiento o la autoridad competente que se tercie envíe a reponer unas luminarias en una calle oscura y peligrosa, a reparar tres bancos de una calle donde los abuelos no tienen donde sentarse, o a asfaltar una calle en la que una señora perdió su alianza de boda en una grieta cuando cruzaba un paso de cebra.

Cuando el señor marqués se queda en su palacio un fin de semana y no espera visitas, se pone la camiseta vieja con manchas de colacao, no se ducha ni tampoco se peina. Valdría el ejemplo para Salamanca: si decae la presencia de turistas, ¿para qué molestarse en tener el corazón histórico de la ciudad mínimamente presentable? Con todo respeto por el señor deán, le advierto desde aquí que estoy pensando en organizar una expedición espía con algunos de mis colegas para comprobar los dedos de polvo que debe acumular debajo de su sofá del salón. Miedo me da esta misión.

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