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viernes, abril 16, 2021

Morigerar nunca está de moda

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“Si tenemos el gobierno que nos merecemos, ¿cuándo mereceremos no tener ninguno?”. Estos días de alboroto, de unidades cuestionadas, de artículos sacados de las mangas, de protestas antagónicas, de secesionistas anacrónicos, de porrazos a destiempo, de nacionalismos travestidos, de odios quebradizos, de refugio de canallas, de banderas, idiomas e intereses parecidos, de sacar trapos a los balcones, de pudrir los corazones, de recitar las mismas cantinelas… sé ser un ser equidistante, un buen punto de apoyo para soportar según qué cargas. Gobernar es descontentar a casi todos. El Estado llama ley a su violencia. Que el cielo nos acoja. Yo veía siempre el 1-0 y nunca supe quién iba ganando…

La patria se presenta ante mis ojos y yo, momentáneamente maleducado, miro para otro lado. “No quiero conocerte, te sé de sobra”. No quiero insuflarme de soflamas. Quiero mirar sin observar, oír sin escuchar, sentir lo justo, o la mitad de lo innecesario. Me siento nube que pasa y moja (o ya ni eso) que se disipa fácil, antes de aquello. Quiero ser un náufrago convencido.

“Que el cielo nos acoja. Yo veía siempre el 1-0 y nunca supe quién iba ganando…”

Ni apurar cielos pretendo, ni me duele la patria, que yo ni siquiera convoco elecciones a mi pueblo, poblado por cuatro mil cincuenta y siete yoes y subiendo, (que aún los estoy contando). Mientras que unos cantan borrachos, otros madrugan y se bien peinan. Algunos saben lo que otros ignoran y asisten a tertulias de barra, calles repletas o habitaciones vacías. Somos tantos dentro de mí, armamos tanto ruido, que siempre trato de convocar mi silencio predilecto. Y lo logro siempre que a ella le doy un abrazo, de esos que sirven de descanso. “Gobernar a los demás -ya lo dijo el otro- evita gobernarse a sí mismo”. Y el otro sabía un rato.

He trotado bastante por este planeta, aunque nunca es suficiente. Lo he sudado y las fronteras las pone cada uno en su raza, en su religión, en su cabeza. El planeta, para todos, es verde planta, azul agua y marrón tierra. Jamás me importó la efímera etiqueta, el humano nombre dado, en todos los lugares hay un bien intencionado gran cartel de Bienvenidos en sus múltiples grafías. Seré incauto… ¡Anda que no hay vallas!

Mientras, la ciudad que me contiene soporta mis escasos paseos por sus calles y calla tanto como sus doradas piedras mudas. El toro desde la barrera y el abuelo tras la valla. Meterme en asuntos ajenos me da lacha. Un paso en falso y caer de pie. Ésa será mi acrobacia para este curso.

Consigo, como siempre, no resolver nada del asunto, demasiado tengo con lo mío, que no es poco. Terminados los tabiques… plantar cuatro árboles, podar tres, hacerme un caminito, aforar el pozo que me dé más agua, y quizá intercambiar amablemente, impresiones con el vecino que deja a sus perros, responder impunemente, enfrente de la puerta de mi casa, sus diarias apreturas.

No me escriban: suicidiario@hotmail.com

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