Podría hablar

RELATO I MANUEL VALLS

Nubes.
Nubes.

Uno. Podría hablar porque las palabras no tienen masa, no ocupan volumen y tampoco tienen, por tanto, densidad alguna. Podría hablar porque las palabras son inanes como una brisa en un callejón. Porque cruzan el mundo sin dejar rastro a la manera de neutrinos atravesando planetas. Porque las palabras son juguetes bonitos. Sí, podría hablar de muchas cosas. Dos. Podría hablar de conducir en el atardecer para ver a un amigo en una ciudad cercana, de las nubes siempre iguales y diferentes en el camino. Del paisaje que se ve por primera vez después de mil meses. De la amistad y de la enorme suerte de la amistad. De la música que une. Tres. Podría hablar del Atlántico Norte. De playas frente a un océano terrible pero tranquilo que invita a buscar mares interiores. De playas que son fronteras pero no, porque del otro lado se vuelve a ver otro mar y otro horizonte que sigue ofreciendo más horizonte en el momento en que lo alcanzamos. De las revelaciones, como la de Beckett en un muelle sin nombre o la de Van Morrison cantando en concierto que es demasiado tarde para detenerse. Del viento, y a la vez del calor de un poncho azul de lana. De los brazos. De los recuerdos que estarán siempre. De la suerte de encontrarse y reconocerse. Y luego seguir el camino. De la enorme suerte del camino. Cuatro. Podría hablar de un artista de circo: el malabarista de los platos. El hombre que sujeta una vajilla entera sobre largas varas verticales fijadas al suelo por un extremo. El hombre que, gracias a un movimiento oscilatorio casi mágico, mezcla de precisión y sensibilidad perfectas, consigue mantener en lo alto de las varas una cantidad enloquecedora de platos. Para ello se mueve incansable de una vara a otra y aplica con delicadeza el movimiento justo para que el plato pueda seguir girando. Parece el relojero de un sistema planetario empeñado en mantener eterna la rotación de planetas bidimensionales. Lo hace todos los días, en todo momento, parando tan solo para comer y dormir. Sus actuaciones cosechan alabanzas y aplausos. Todo el mundo le quiere. Lleva toda su vida haciendo el mismo número y se siente cómodo en mitad de esa vorágine. Es un trabajo agotador, sin embargo, que se lleva todo su tiempo y atención. Un día, un plato se cae y se rompe en el suelo. El malabarista, sudando y con la respiración agitada, observa consternado los fragmentos. Al detenerse, otro plato cae también al suelo. Y otro más. El malabarista, jadeante, escucha caer los platos uno tras otro. Una catástrofe planetaria. Antes de que todo acabe, coge con delicadeza dos platos aún en movimiento, uno de color rosa y otro morado, y los abraza. El resto de platos estalla en una sucesión interminable de salvas cerámicas. El malabarista permanece allí, abrazado a sus dos platos, en mitad de todo. Cinco. Podría hablar del silencio después del estropicio de los platos. Y del murmullo que se escucha de fondo, algo así como un latido frágil. Un pulso. Un aliento. Un rumor de mar lejano, de mar interior.

mvallsgordejo@hotmail.com

 

 

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