Ensayo general

Dan ganas de salir a gritar con los truenos, con los árboles, con los monstruos que no existen, con todos los monstruos que sí, que sí existen

"Noche de tormenta en la sierra. Noche de otras cosas, también."
"Noche de tormenta en la sierra. Noche de otras cosas, también."

Acto primero. Una pequeña polilla juguetea entre la tela de la manga de mi camiseta y el vello de mi brazo. Es una polilla minúscula y muy, muy bonita. Tiene dos antenas largas recogidas hacia atrás que dibujan una curva perfecta, un fragmento de cicloide, dos hilos de oro finísimos enhebrados en su cabeza diminuta. Se deja coger en mi mano y se esconde dentro, en un hueco trémulo que intento no mover para evitar causarle algún daño. Salgo a la calle. Abro la mano. Y la polilla vuela en la noche de la sierra de Francia. Suenan olas. El viento que mueve las olas en las hojas de un laurel cercano a mi casa. Me siento bien entonces. Me siento mejor. Alejado de los dientes y del hambre sin límites. Alejado del rencor y el miedo. Me siento pequeño y ligero. Y libre. O casi. Era preciosa la polilla. Como un broche diminuto y vivo y perfecto.

Acto segundo. Noche de tormenta en la sierra. Noche de otras cosas, también. Noche de sonidos que no encuentran nadie cerca para transformarse en eco. Dan ganas de salir a gritar con los truenos, con los árboles, con los monstruos que no existen, con todos los monstruos que sí, que sí existen. Dan ganas de gritar y correr y volar como un ser nunca visto. Ganas de ser otra cosa, de ser ese ruido esplendoroso que anuncia y a la vez arrebata la luz, que calla a los grillos y a las fieras y a vosotros. Ganas de ser tormenta y recorrer la tierra arrastrando unas botas descomunales. Y cuando llegue el agotamiento descansar en el bosque y dejar caer la lluvia. Una lluvia mansa.

Entreacto. En la ciudad, en la avenida. Hay una mujer sentada en un banco con un libro abierto sobre las piernas. Lee. Pero si atendemos a su posición, con las dos manos entrelazadas en un puño que clava en su pecho y el cuello inclinado hacia abajo, parece que, más que leer, está escuchando. Con una atención y una fascinación casi infantiles. Como si acabara de oír, por primera vez, con tan solo ocho años de edad, la voz de Stevenson que describe a Long John Silver, cocinero mutilado de la goleta Hispaniola. Suenan olas. Pasa una ambulancia. Pero después, otra vez: suenan olas.

Acto tercero y final. El tipo que escribe se sienta en un banco de la avenida una noche de martes. Los martes son días funestos. Son días de pozos abiertos. Pero el tipo saca una libreta y escribe, lo escribe todo. Para no olvidar. Y escribe que, en ocasiones, los martes se iluminan por la noche. Y lo escribe para que quede fijado en un papel que nadie, más que él, leerá. Y escribe que, en ocasiones, el aliento virtual y algunos emoticonos son un bálsamo que clausura pozos. Y escribe algo sobre los brazos y su anhelo. También escribe que, en ocasiones, una charla con libros bajo el brazo ilumina las calles con una luz que se lleva la noche. Y lo escribe para que quede escrito junto con todo lo ya escrito y duerma con todos los piratas muertos, como deseaba Stevenson, y no desaparezca hasta el final de los tiempos. Cuando cierra la libreta, adivinen. Suenan olas. Y cae el telón.

mvallsgordejo@hotmail.com

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