Posiblemente nos traicionen los recuerdos

REALATO I MANUEL VALLS

Pareja de personas mayores.
Pareja de personas mayores.

Camino por la calle sin dirección. Entonces hay una pareja. Un hombre y una mujer de cierta edad, pongamos que sobre los sesenta años. Andan juntos, no agarrados, pero entre ellos parece existir un contacto subterráneo que soslaya lo físico, como si existiera una perturbación en el espacio que les llevara a permanecer siempre en contacto. Una cualidad adquirida por el simple paso del tiempo. Ella lleva un bolso colgado del hombro y una bolsa de supermercado en la mano del mismo brazo. Él no carga nada. Lleva una mano metida en un bolsillo de su pantalón clásico de pinzas. Decido seguirlos.

Su ritmo lento les lleva por una calle paralela a la vía del tren. Hace calor para las ocho de la tarde. Los veranos se estiran como gatos perezosos y ya nada es como antes, o sí, pero muy posiblemente nos traicionen los recuerdos y nuestra idea de lo que creemos que es habitual. La pareja no abre la boca mientras camina de sombra en sombra bajo los edificios. Encuentran un banco y se sientan en él. Es, posiblemente, uno de los bancos menos apetecibles de toda la ciudad. Está a la sombra y mira hacia una pared pintada de blanco en la que se anuncia un local en alquiler. Detrás del banco, una hilera de coches aparcados, la calzada, otra acera y la vía del ferrocarril. La pareja da la espalda al tren y a toda su poesía geométrica de viajes y posibilidades. Son unos resistentes. Unos iconoclastas. Me siento en un banco cercano y finjo no hacerles caso. Y ellos parecen aceptar mi fingimiento. O es que, sencillamente, les trae sin cuidado mi presencia.

En el colmo de la revolución, la mujer extrae de la bolsa de supermercado dos bocadillos envueltos en papel de aluminio, que es papel albal, porque llamarlo así es otra forma de resistencia. Entrega uno al hombre. Los abren con cierta parsimonia, mirando de un lado a otro como temiendo ser vistos. Los paseantes miran de reojo con una mezcla de recelo y envidia. Comen con tranquilidad. Disfrutan de cada humilde bocado en silencio. Mastican y observan a la gente que pasa. De vez en cuando miran hacia el fondo de la calle los dos a la vez, como si esperaran a alguien. La mujer saca una botella de agua del fondo de la bolsa y se la ofrece al hombre, que bebe tragos largos hasta llegar a la mitad del recipiente. Después la mujer apura el resto del contenido. El hombre le pasa el tapón que ha guardado y ella cierra la botella y la devuelve a su lugar de origen. Entonces ella repara en las migas esparcidas por la camisa blanca del hombre. Se gira hacia él y repasa con la mano la tela de cuadros, realizando movimientos suaves y eficaces. Y hay un instante, brevísimo, en el que sus miradas se cruzan y ella parece decirle algo a él y él parece responder, aunque ninguno mueve los labios. Un instante en el que me parece comprender casi todo, desde el origen del Universo hasta el teorema de Fermat, pasando por el sentido de las cosas. O eso creo. Unos minutos después se marchan, despacio, hacia su casa. O eso imagino. Me levanto y dejo de fingir. O eso creo.
mvallsgordejo@hotmail.com

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