Aquel primer pie en la Luna

A aquella carrera espacial que emprendieron los rusos y los americanos yo debo en buena medida mi existencia

Hace medio siglo que se produjo la llegada del hombre a la Luna.
Hace medio siglo que se produjo la llegada del hombre a la Luna.

Son tan aburridos los veranos en esta plaza de Anaya que ni siquiera nos visita una de esas bolas de fuego que suelen romper la noche por Castilla la Mancha o Andalucía. Sucedió una vez más el pasado fin de semana, y ya tengo ganas de un día veamos uno de estos bólidos extraterrestres para pedir un deseo muy, muy gordo. Como por ejemplo, que les entren las luces a las molleras de nuestros jerifaltes para que se pongan de acuerdo en formar Gobierno, que es una cosa que estaría bien.

A falta de ocupaciones mejores, esta semana he pasado mucho tiempo mirando al cielo en busca de estrellas fugaces. Y mirando a la Luna también, porque estamos casi de aniversario. Hace 50 años que la misión Apolo XI logró alunizar en nuestro satélite poniendo allí a dos seres humanos y a una bandera estadounidense. A aquella carrera espacial que emprendieron los rusos y los americanos yo debo en buena medida mi existencia, así que esto que les cuento hoy no es ninguna tontería. Fue exactamente tal dice como el viernes próximo hace medio siglo, y entonces la gente creía haber conquistado el futuro. La euforia que aquel logro de la ciencia generó hizo pensar al personal que sus descendientes volarían por el espacio como cosa habitual. Pero no fue así. Pasada la euforia lunar, americanos y rusos se lo tomaron con más calma y prefirieron ir preparando aparatitos exploradores a otros planetas. Llegó alguna que otra guerra, una crisis económica y los viajes tripulados espaciales pasaron a ser tema de ciencia ficción.

En ello andaba yo abstraído una noche de estas últimas, embobado por la curva de la cuna balancín del cuarto creciente de la Luna cuando se acercó una joven pareja a mi territorio de la Portada de Ramos de la Catedral mirando hacia donde yo estaba, entre susurros y alguna risita. Él le dijo a ella:

– Mira, ahí está. ¿Lo ves? A la izquierda.

– ¿Dices ese buzo?

– Que no es un buzo, que es un astronauta. Lo pusieron ahí cuando llegaron los americanos a la Luna.

Y ahí me bajé de mis ensoñaciones y se fue a la porra toda la magia.

astroimper@telefonica.net

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