La peli de Don Miguel

Sé a ciencia cierta que sentiría fortalecer su ego si Unamuno se viera en “Mientras dure la guerra”

Fotograma de "Mientras dure la guerra', con Karra Elejalde en el papel de don Miguel de Unamuno.
Fotograma de "Mientras dure la guerra', con Karra Elejalde en el papel de don Miguel de Unamuno.

Hace 83 años nada menos que Franco y sus secuaces merodeaban los que hoy son mis dominios. Para mis vecinos de la portada del Nacimiento de la Catedral, aquí a la vuelta de la esquina, el Generalísimo (sic) era como el vecino de enfrente, el inquilino del Palacio Episcopal que a veces perdería embobado la mirada en las figuras que adorna la noble fachada. Quién sabe si la escena de la adoración de los pastores o las figuras de los Reyes Magos inspiró durante su estancia al futuro dictador para venirse arriba y hacer campaña para que sus compinches del golpe le eligieran mandamás, abriendo el camino a los pasó después. Maldito camino.

Todo esto se me ha venido a la cabeza después de ver la peli de Alejandro Amenábar “Mientras dure la guerra”, que desde hace semanas está en boca de todos debido, en buena medida, al protagonismo de la ciudad de Salamanca en su argumento. Había mucha expectación ante la mirada con que el laureado director recrearía aquellos sucesos de 1936 que supusieron la defenestración social de don Miguel de Unamuno y, a la postre, precipitaron el final de su vida. Me refiero a su militancia como aparente ser vivo, claro, porque Unamuno será un personaje eterno y su memoria está perpetuada junto a las Úrsulas gracias a la mano firme de Pablo Serrano desde hace algo más de 50 años.

En nuestras tertulias de estatuas, don Miguel no ha querido hasta ahora pronunciarse sobre la película. El exrector nunca se sintió atraído por el cine. “El cinematógrafo no es más que el teatro sin literatura”, afirmó en cierta ocasión. “Es un espectáculo para sordos”, escribió otro día. Sé a ciencia cierta que sentiría fortalecer su ego si se viera en “Mientras dure la guerra”, cinta en la que las atribulaciones del pensador vasco, atrapado entre las hondas decepciones que le producen las derivas que toman los dos bandos, ocupan un papel estelar en el argumento. No dirá nada, pero me consta que está preguntando opiniones a unos y a otros sobre la película. Si decide emprender el camino calle Compañía arriba y visitarme en la plaza de Anaya, ya tengo mi opinión preparada: “Don Miguel, la película ha pisado callos a uno y otro lado, así que yo creo que es buena!”

astroimper@telefonica.net

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