El hombre de Malin Head

RELATO I MANUEL VALLS

Recuerdo el fin del mundo. El fin del mundo es un lugar. Y se encuentra en cualquier lado. En ocasiones solo hay que recorrer dos o tres calles, quizá unos kilómetros. A veces basta con recorrer los pasos que separan un salón de una habitación cálida llevando de la mano a la compañía adecuada. Pero hay momentos en los que es necesario viajar lejos, hasta llegar a un fin del mundo que, además de serlo, lo parece. Malin Head está situado en la punta norte de la isla de Irlanda. Y es, y parece, el fin del mundo.

Recuerdo Malin Head. Una elevación abierta a los páramos de libertad eterna del Norte. Recuerdo las rocas que muestran el pecho al mar. Y la respiración del agua, y la mía propia acompasada a la suya. La vegetación fiera aferrada a las rocas. Recuerdo un viento loco pero templado. Y ovejas, recuerdo ovejas. Y la hierba verde, muy verde. Y una casa pequeña de piedra con un hogar en el que ardía la turba.

Los  ojos del hombre de Malin Head eran el mar de fuera. En ellos nadaban ballenas azules, libres en mitad de la extinción

Recuerdo al hombre de Malin Head. Su nombre es Vince, el dueño de la casa de piedra. Él reformó y levantó esa construcción. En realidad erigió todo Malin Head ya que, como él mismo afirma, las personas hacen los lugares. Descubrió en algún momento de su vida que hacer es vivir. Hacer sin mirar a los lados y, sobre todo, sin mirar atrás. Hacer, sin más. Hacer la vida. El hombre de Malin Head está aquí y ahora: observa desde su mirada azul y diáfana, defendida por el marco blanco de la barba y el pelo, y sonríe buscando en su interlocutor no una respuesta, sino un compañero en el camino. Vince es el paisaje etéreo y a la vez firme de Malin Head. Es el niño robado de Yeats que marchó de la mano de un hada hacia las aguas y lo salvaje, llegó allí y construyó una casa para vivir. Es un niño que recoge piedras y ramas y paisajes y hace regalos con ellos.

El hombre de Malin Head no entiende de noche ni de día ni de horas, solo de vida y de vivir. Pinta el paisaje que él mismo levanta. Pesca langostas al atardecer. Y un rato más tarde, cuando la noche se hace viento y palabras, recita en un lugar recóndito asomado sobre al Atlántico Norte un poema dedicado a un amigo desaparecido. Porque Vince es poeta; las hadas no se quedan con niños cualesquiera.

Recuerdo al hombre de Malin Head sentado frente al hogar donde ardía la turba. Vince saboreaba un Jameson. Solo, sin agua, neat, como pidió con su acento de Belfast al servirle el trago. El Vince contador de historias enfrentaba sus palabras, medidas con la precisión de un alquimista, al discurso lunático del viento en el exterior de la casa. Recuerdo la cadencia de las frases y el ritmo de los silencios. Recuerdo que Vince nos habló de ángeles. Y allí, entre la piedra y junto al fuego, escuchamos y creímos. Los ojos del hombre de Malin Head eran el mar de fuera. En ellos nadaban ballenas azules, libres en mitad de la extinción. Y volaban ángeles. Allí estuvimos, en las aguas y lo salvaje. Lo recuerdo.

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