Esa gilipollez adolescente

Me dicen que soy como la rana de la Universidad en versión catedralicia del siglo XXI. A veces me hacen protagonista de enigmas y me da un poco la risa. Yuri Gagarin inspiró a mis creadores y Pedro Duque fue la excusa decisiva. Me gustan las redes sociales, el salseo y guardar secretos. Una primavera aterricé en la plaza de Anaya, vi el panorama y me quedé de piedra. Miro mucho, veo cada vez menos y me gusta contar lo que se pueda. Soy el impertinente Astronauta de la Catedral de Salamanca

Figura del astronauta, sobre la fachada de la entrada norte de la Catedral de Salamanca.
Figura del astronauta, sobre la fachada de la entrada norte de la Catedral de Salamanca.

Por empezar por algún lado, les diré que en una celebración de cumpleaños como esta, en DGRATIS tenemos al menos una cosa clara: invitar al Dúo Dinámico a que nos amenizase la fiesta no sería buena idea. Imaginen que se les ocurre dedicarnos aquél “Quince –año – tieeenemiamoooor…” que ya estoy viendo yo el despliegue de la Policía Nacional haciendo una redada por presunto delito de pederastia. No están los tiempos para que nuestra publicación, que aunque mantiene su ímpetu e ilusión adolescente, se meta en semejantes charcos tan poco convenientes. Así que sentados estos fundamentos, es momento de mirar atrás con un punto de nostalgia y, también hay que decirlo, bastante satisfacción y hasta orgullo mal disimulado por el hecho de que aún estemos aquí, tan animosos y tan lozanos, tan frescos y tan atractivos. Tan DGRATIS.

No sé si también les pasará a ustedes, pero cada vez que en mi vida he mirado hacia atrás y me he recordado a mí mismo, mi conclusión ha sido siempre la misma: yo entonces era algo más feliz y también bastante más gilipollas. En el año 2004 mis compañeros de la Puerta de Ramos y yo llevábamos doce años trabajándonos con esfuerzo la integración con el resto de la ornamentación de la catedral, y no era fácil. Los turistas pasaban puntualmente a señalarme con el dedo y a hacerme fotos –el selfie no se había generalizado aún como tontuna mundial- pero yo no acababa de sentirme uno más del patrimonio local. Yo era ‘la anécdota’.

Por eso, cuando los amigos de DGRATIS vinieron a ofrecerme un desahogo semanal, yo vi el cielo abierto sobre mi cabeza. Pero había que ser prudente: el país estaba aún conmocionado por los recientes atentados de Atocha y el nuevo gobierno socialista de Zeta Pé había llegado a la Moncloa por sorpresa, en zapatillas y sin maquillar. Todo el mundo estaba aún tomando tierra y recomponiendo la figura. Así que yo aproveché para emprender mis andanadas semanales contra el entonces alcalde Jota Ele. En nueve años seguidos en la Alcaldía ya le había dado tiempo a ejecutar todo lo que pensaba hacer cuando llegó en 1995, así que podría decirse que se adentraba en los minutos de la basura de su gestión.

Mis críticas me ayudaron a ganarme el respeto de mis vecinos. Yo me convertí un poco en el modesto portavoz de las estatuas de Salamanca, un colectivo que, todo hay que decirlo, es para darnos de comer aparte. Ya me dirán ustedes qué tiene que ver, por poner un ejemplo, el toro del Puente Romano con don Germán Sánchez Ruipérez, más allá de su duro tacto exterior y de su resistencia a los agentes climatológicos. En las sesiones del Parlamento de Estatuas había que tener mucha mano izquierda para atemperar ánimos y conciliar voluntades.

Demostré, como digo, manear bien la mano izquierda, pero descuidé la derecha. Y así fue como me la partieron un mal día de 2010, justo después de las Ferias de septiembre. No era la primera vez que me agredían con alevosía y nocturnidad: para cuando me convertí en cronista oficioso de la villa, ya me habían arrancado el tubo respirador e incluso me había dejado chato al arrancarme limpiamente la nariz. A raíz del episodio del brazo, uno de los canteros que me talló se ocupó de aplicarme una operación de estética a fondo. Adiós, complejos.

Fueron llegando nuevos compañeros al club, como la madre Bonifacia, en la Gran Vía: el príncipe Juan, que se mudó de Peñuelas de San Blas al palacio de Monterrey. Cambiamos de Ayuntamiento y de talante: se fue el gesto agrio y a la defensiva del amortizado Jota Ele y llegó el primer alcalde con arroba, también conocido como @ alferma1, sonriente, dinámico y cercano… durante la campaña electoral, en la que se nos manifestó en forma de simpático avatar.

La entrada de nuevos colores políticos ha amenizado la vida municipal estos últimos cuatro años, en los que también hemos despedido a Paco, como nos gustaba llamar al medallón de Franco. En su versión de piedra no era mal tipo el hombre: preferimos no preguntarle por su oscuro pasado. Pero al final, su pesada mochila fue demasiado lastre.

Así que después de todo este trajín, cuando estamos a punto de cumplir 15 años en la brecha, o que vienen siendo 782 semanas y media, confieso que, al contrario de lo que esperaba creo que sigo estando feliz de ser el cronista de Anaya, aunque intuyo que igual de gilipollas. Eso que no falte.

astroimper@telefonica.net

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