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El camino es el camino. Tantos años fuera del camino. O tantos años dentro del camino, no lo tengo muy claro. Qué palabra, camino. Después de leerla cinco veces, o lo que es peor, después de pronunciarla cinco veces, pierde su significado. Como los senderos se diluyen en mitad de la vegetación de una selva.

Porque fuimos engañados y nos presentaron un mapa repleto de líneas que estábamos obligados a seguir cuando, en realidad, no hay caminos. Solo hay un bosque, solo un desierto, solo un páramo, solo el mar. Confiado y engañado lo hice; caminé. Porque era obligatorio caminar, entendedme. Me dijeron: es por allí. Respondí: muchas gracias. Perdón, respondí: ¡muchas gracias! Alegre, contento de saberme guiado. Y lo hice todo. Todo, joder. Fui bueno. Fui trabajador. Mucho.

Situé el deber por encima de mi persona. Situé a los demás por encima de mi persona. Os puse por delante a todos. Vuestro bienestar era el mío. Vuestra felicidad era la mía. Procuré hacer el bien y no molestar a nadie con mis impertinentes deseos.

Entendedme, yo no sabía hacer otra cosa, estaba programado para ello. ¿Me entendéis? No lo sé. Yo no lo entiendo. Tenía diecisiete, dieciocho, diecinueve años y solo deseaba querer y que me quisieran. Le di la espalda a muchas cosas. Me di la espalda. Es complicado darse la espalda. Anatómicamente jodido, la verdad. Intelectualmente no lo es menos, pero si te acostumbras puedes llegar a sentirte muy cómodo en tu madriguera y no desear salir de allí en todos los días de tu vida.

“Le di la espalda a muchas cosas. Me di la espalda. Es complicado darse la espalda”

Entonces no sabía mucho, no sabía nada, solo deseaba, entendedme, querer, tocar, ser querido. Creo que solo quería vivir. Y bueno, todo transcurrió como transcurren las cosas y las vidas, muy bien, y bien, y regular, y al final es cierto lo de los muros que caen y las montañas reducidas a llanuras.

Y todo por culpa de nadie, todo por el miedo. El insoportable miedo inyectado en el torrente sanguíneo desde antes de abrir los ojos a la luz. Nacemos llorando de puro pánico. Entendedme: no me arrepiento de nada. Pero también entended el dolor, y el fuego devorando todo y haciendo estallar el aire, los muebles, los juguetes, el tiempo, la vida, las vísceras. Y las lágrimas de plomo fundido, cómo quemaban. Y la tristeza.

Había días que me ponía triste viendo un simple calcetín sin agujeros. Eran tristes las horas y las calles y las flores brotando en los árboles. Era triste la alegría de los niños. Era triste mi empeño en volar, en llevar la contraria a la gravedad implacable. Entendedme. Pero, como escribió Roberto Bolaño en algún momento, nadie puede estar eternamente desesperado.

Y llega un instante en el que la cabeza emerge a pesar de la tierra y el peso mineral de la culpa. Y hay luz, una luz indescriptible para los habitantes de la oscuridad y los túneles. Y hace calor, el necesario para dormir sin ropa. Y la comida sabe a mantequilla. Y cobran una importancia absoluta las horas empleadas en recorrer geografías nunca registradas en los atlas. Y la imagen en el espejo se atreve a sonreír. Y el sonido de la música del azar, que diría Paul Auster. Y el paisaje del rayo. Entendedme. O no. Pero sí, entendedme: el paisaje del rayo.

vallsgordejo@hotmail.com

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