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Los viernes por la tarde suelen estar nublados en mi recuerdo. No porque tenga dificultades en rescatarlos de mi memoria, sino porque los evoco muchas veces bajo un cielo color plomo invierno. Los viernes por la tarde no los recuerdo fríos, sin embargo, sino templados como un refugio de madera en la montaña, un lugar oculto en el que arde el fuego en un improbable hogar (improbable para un piso como el de mis padres) mientras en el exterior el viento grita sus deseos de devorarlo todo. Nunca lo consigue, aunque en ocasiones atemoriza tanta vehemencia. El viernes por la tarde nos bañábamos y nuestra madre nos aseaba y cortaba las uñas y el roce de las uñas recién cortadas con la lanilla de la bata me producía una peculiar grima, como todas las grimas y denteras, por otra parte. Pero antes de esto, el viernes por la tarde era el momento de visitar la biblioteca municipal. Solo había que recorrer tres calles en el barrio para llegar a la Gabriel y Galán. Tres calles de lluvia y viento. Tres calles de calma y tiempo inerte.

“Recuerdo el olor a mar de palabras y papel. El tacto de los volúmenes de bolsillo. El olor de las páginas. La tipografía, las editoriales, las portadas”

Recuerdo las aceras, las alcantarillas, los coches, los detalles: entonces los detalles contaban y aparecían sin número en cada objeto, en cada rincón. El mundo se desplegaba en el atlas de las calles y atravesábamos ríos al cruzar semáforos y explorábamos continentes al cambiar de barrio. Era el tiempo de los descampados. El tiempo de las plazuelas. Los dragones caminaban por las avenidas y Spiderman saltaba de edificio en edificio en el barrio Garrido. O eso creía yo. En la biblioteca Gabriel y Galán, en la parte de arriba primero, cuando llegué a ella de muy niño, y en el sótano después, un tiempo más tarde, se atravesaba una atmósfera como de cubierta de barco, o mejor aún, de bodega prohibida donde los piratas ocultan el botín de sus desmanes. Recuerdo el olor a mar de palabras y papel. El tacto de los volúmenes de bolsillo. El olor de las páginas. La tipografía, las editoriales, las portadas. Los detalles de lugar sagrado, el silencio, la luz. Y recuerdo a los bibliotecarios vestidos de cierto aire ausente de guardianes acostumbrados a custodiar tesoros. Pero sobre todo recuerdo ese momento: el libro que reclama tu presencia, el texto de la contraportada como una invocación o un hechizo, la sonrisa que confirma letra pequeña y muchas páginas, el sello que el bibliotecario pone con la fecha de devolución, y recorrer las calles de vuelta como un profanador de templos con un corazón palpitante en las manos. Y llegar a casa. Y leer. Y detener el tiempo un viernes por la tarde.

Epílogo. Ella me pregunta: papá, ¿tú qué prefieres? ¿Goab, el Desierto de Colores, o Perelín, la Selva Nocturna? Y sonríe con esa sonrisa tan maravillosa, con ese diente, con esa cara que vale un Universo entero, y sus ojos miran más allá del libro que lleva en la portada el símbolo del Áuryn y el título La Historia Interminable; más allá del sofá y del salón y de la casa y las calles y la ciudad. Ella se responde a sí misma: yo prefiero Goab, el Desierto de Colores. Y sonríe de nuevo. Y veo todo aquello que fui. Todo aquello que, aún ahora, a veces soy. Ella vuela feliz en la espalda suave y peluda de Fújur, el dragón. Y en sus manos late un libro como un corazón.

mvallsgordejo@hotmail.com

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