Desierto

El desierto es un lugar que aparece allí donde se necesita, allí donde es convocado, y siempre hay tanto desierto como sea necesario

"Pero allí no hay nada, tan solo un inmenso desierto vacío."
"Pero allí no hay nada, tan solo un inmenso desierto vacío."

Le dieron el mapa al principio. Creyó entenderlo, pero hace unos años encontró ciertos problemas para interpretar el dibujo. Carreteras que acaban en ningún lugar. Calles desconocidas. Ahora camina con el mapa de la mano por uno de los barrios de su infancia. No entiende nada. En el mapa no aparece el desierto. Ha llegado al borde del dibujo del territorio, allí donde antes se decía aquello de aquí hay dragones. Pero allí no hay nada, tan solo un inmenso desierto vacío. Lleno de arena, que es tanto como decir lleno de nada. El desierto es un lugar que aparece allí donde se necesita, allí donde es convocado, y siempre hay tanto desierto como sea necesario. Ocupa el lugar de la realidad e instaura un reino donde las calles desaparecen y solo hay horizontes situados siempre una eternidad más allá. El desierto es una jaula hecha de distancias. Pone un pie detrás del otro sobre la arena. Al cabo de un rato el esfuerzo se muestra ímprobo y difícil de mantener. Hace calor. Hace frío. No hace ni frío ni calor en este lugar, no hace nada de nada. Ya ha estado antes aquí pero no recuerda la forma de salir, y eso que en aquella ocasión acabó en mitad de ninguna parte, en el centro mismo, en el lugar donde la distancia a los bordes es la misma mires donde mires. Trepa por una duna y se pone la mano de visera sobre los ojos confiando en ver algo o alguien. Nada, nadie. Hay instantes en los que vuelve a ver las calles y se recuerda allí con sus padres o sus amigos, caminando por calles pequeñas llenas de garajes. Recuerda los garajes, los ladrillos, los bordes de las aceras, los detalles. Ahora los ve solo de vez en cuando. Otro paso más sobre la arena. Se sienta. Está en el portal de una casa en una calle estrecha y allí aparece como un espejismo una mujer mayor que le tiende una mano y le ofrece ayuda. ¿Pero qué coño hace una mujer mayor en el desierto, con el calor que hace, o el frío que hace, o la nada que hace? No gracias, gracias, está bien, dice, miente, y la mujer se desvanece. El sol se respira, es denso como el mercurio. Comprueba otra vez el mapa y llega a la conclusión de que le engañaron. Hace una bola de papel con él y lo lanza tan lejos como puede, que no es mucho en esa atmósfera de extraña gravedad. Entonces una mano se apoya en su espalda. Luego dos. Luego cuatro. ¿Pero qué coño hacen estas manos en el desierto si aquí no hay nada que hacer? Cuatro y cuatro, ocho, y ocho, dieciséis. Manos, manos en la espalda. Y aparecen de nuevo las calles y ya no hay distancias ni horizontes. Solo edificios de ladrillo y el calor del verano. Las manos le empujan y vuelve a caminar sobre la acera. En una callejuela dos niños juegan al fútbol con un balón pequeño de plástico y utilizan la puerta de un garaje como portería. Juegan a gol portero. Parecen hermanos. Hace calor. El pequeño mete gol, ¡gol! Y antes de seguir salen corriendo para beber en una fuente cercana en la que solo beben los pájaros. Hay árboles, y aceras con baldosas cuyos dibujos significan cosas, y coches. Los niños regresan a su campo de fútbol. En el suelo hay un gurruño de papel. Lo despliega. Es el mapa. Las manos, tantas manos cálidas que han acudido en su ayuda, le ayudan a dibujar una señal de aviso en el borde del desierto. El hermano mayor mete gol. ¡Gol! Y cambian sus puestos.

mvallsgordejo@hotmail.com

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