Cuento navideño

RELATO I MANUEL VALLS

cuento

Los cuentos de Navidad son bonitos. A veces inquietantes, como el de Dickens, pero finalmente hermosos y diáfanos como la mañana de un veinticinco de diciembre nevado bajo un cielo azul. En este relato no encontramos tanta claridad porque lo protagoniza un hombre nada extraordinario. Además la nieve es un recuerdo lejano de la infancia, de cuando nevaba de verdad, cuando el frío era frío y las flores olían mejor. Ahora no nieva ni de verdad ni de mentira. De hecho, casi ni hay Navidad. Pero se intenta:

Nuestro protagonista monta un belén. Abre las cajas donde se encuentran las figuras envueltas en papel de periódico. Y va retirando los envoltorios para descubrir a los personajes de la historia. Los pastores. La mula y el buey. San José, entre resignado y desconcertado. La Virgen algo ausente. El niño, demasiado desprotegido para los rigores de un diciembre no palestino. Ovejas, patos, ocas, una gallina sobre una cesta de huevos, animales a veces improbables hechos de plástico y arcilla. También hay soldados con gesto de pasmo y un rey Herodes asesino sobre un castillo de corcho.

La nieve es un recuerdo lejano de la infancia, de cuando nevaba de verdad, cuando el frío era frío y las flores olían mejor

Nuestro protagonista recuerda el refugio de la Navidad: el olor del belén en la casa de sus padres, el papel verde para el suelo, el fondo azul y las estrellas recortadas en papel Albal, que no de aluminio. La nieve que es harina. Se distrae, sonríe; llega a sentir por un momento aquel calor. Entonces, la figura que sostiene en su mano resbala, cae al suelo y se rompe. Nuestro protagonista hace lo que puede. Intenta moverse sin causar daño, sin romper cosas. Tiene la sensación de ser un gigante torpe en un mundo hecho de cristal. No se da cuenta de que quizá sea él quien está hecho de un material volátil, presto a estallar en presencia de la más mínima energía de activación. Pero él tiene miedo de romper, no de romperse. Él tiene miedo. A casi todo. Y el miedo es un refugio inexpugnable frente a la vida. Un buen sitio para defenderse y, ante todo, no romper nada.

Nuestro protagonista recoge los tres fragmentos del pastor accidentado y decide pegarlos, sin mucha fe, con cola blanca. Deja la figura reposando durante la noche y él se retira a dormir, una vez más culpable. Cuando recoge la figura al día siguiente se sorprende: está pegada. El pastor sujeta un cordero. Lo coloca en el camino de piedras que lleva hasta el portal. Mira el rostro pétreo del pastor y le parece entender algo. El pastor dice: si no pasa nada, hombre. Deja de tener miedo por todo. Muévete, y si se rompen cosas, ya se arreglarán. Es peor lo mío, voy a llevar mi cordero y el niño ni me dirá nada porque está hecho de arcilla, y no puedo salir de aquí, siempre llevando en brazos a este puñetero bicho que ni siquiera da calor. Siempre quieto aunque parezca que me muevo hacia el portal. No pasa nada hombre, no tengas miedo y muévete. Muévete de una puta vez.

Nuestro protagonista cierra los ojos, los abre, y el pastor malhablado ha cerrado la boca. Su mirada se pierde en el vacío con el cordero pétreo sujeto al pecho. Nuestro protagonista se siente algo más aliviado. Se gira y se mueve. Y tiene menos miedo. Arreglar una figura de belén malhablada es algo que proporciona cierta calma. Y anima a moverse. Qué cosas.

¿Quieres ser el primero en comentar?

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*