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martes, agosto 4, 2020

Café descafeinado

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Lo hacen todas las tardes. Sentarse en la parte de atrás de la fábrica al finalizar la jornada de trabajo. Antes fumaban, ahora ya no. Ahora se cruzan de brazos y se han acostumbrado a echar en falta la brasa del cigarrillo y aquella sensación de bienestar surgida de algo malo. Algunas tardes, uno de ellos trae un termo con café y beben café solo. Y hasta esto es de antes: ahora lo toman descafeinado porque advirtieron que les costaba conciliar el sueño con el otro. Lo asumieron como parte de un proceso tan indiscutible como la caída hacia abajo de las cosas, como la caída de las hojas en otoño, por ejemplo. Lo asumieron cruzando los brazos y tomando un sorbo de café descafeinado.

Esta tarde el café está muy caliente y reconforta frente al frío de un noviembre que se adivina difícil. Viene jodido noviembre, dice uno. El otro asiente: está bien hoy el café. Y el primero asiente a su vez. Después de paladear el café y hacer chasquear la lengua en la boca, el primero deja caer la mirada hasta el fondo de la calle del polígono industrial, donde se adivina detrás de la niebla la mole de un monte que parece mentira desde la boca de asfalto y chimeneas en la que se encuentran. Detrás está la respiración del mar. Pero nadie la escucha a esta distancia. Eso es lo que piensa el primero, pero no lo dice y dice otra cosa: en noviembre los amantes se abrazan. Para los que los tengan, responde el segundo. Y los dos asienten y beben.

No hay hojas en el suelo, reflexiona el primero. Coño, no hay árboles, qué va a haber hojas, responde el otro. Me gustan las hojas caídas, dice el primero, y bebe otro sorbo caliente. Me gustan porque son como un camino, ¿nunca lo has pensado? Un camino que lleva a algún lado, yo que sé, al mar, desde aquí no escuchamos el mar. Me gustan. El otro día había una hoja caída frente a la verja de entrada a la fábrica. Era muy grande, aún verde, la debió de arrastrar el viento desde el parque. Yo entraba a trabajar y me paré un momento antes de que sonara la puta sirena. Esperé allí, hacía frío. Y apareció una chica. Una chica, dice el otro. Una chica, insiste el primero. ¿Cómo era? pregunta el otro. No parecía de aquí, responde el primero. El otro: ¿de dónde parecía? El primero: yo que sé, parecía del cielo, por lo menos. Pasó caminando frente a la verja y también pasó por delante de la hoja caída. Pero unos metros después se detuvo y se giró, como si hubiera escuchado algo. Retrocedió unos pasos y se paró frente a la hoja. La observaba como si no fuera una hoja. Como si fuera la única obra de arte de un museo, como si fuera la última hoja del otoño, como si estuviera escuchando una petición de auxilio, sálvame, sálvame. Sálvame. Se agachó a recogerla y, de pie, la sostuvo en la mano y sonrió: entonces tuve claro que parecía del cielo. Allí entienden a las hojas. Allí salvan las cosas bonitas. Y la chica se marchó con la hoja de la mano, taconeando, llevaba zapatos de tacón, no te lo había dicho. ¿Y dónde se marchó?, pregunta el otro. Yo que sé, a salvar la hoja, al cielo, seguro que al cielo, dice el primero. Te enamoraste, dice el otro. Sí, dice el primero. Se escucha un rumor que no es el mar ni son hojas. Y asienten los dos en silencio y beben otro sorbo de café descafeinado.

mvallsgordejo@hotmail.com

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