Breve tratado sobre la lucidez

MANUEL VALLS GORDEJO

Fotografía de la orilla del río Tormes con el conjunto catedralicio al fondo.
Fotografía de la orilla del río Tormes con el conjunto catedralicio al fondo.

Uno: sobre el valor de las cosas. Los diamantes son piedras sin valor. El oro es solo un metal que brilla. Los hoteles lujosos no valen nada. Tampoco los restaurantes cargados de estrellas y tenedores de todo tipo con todos sus platos de nombres poéticos. Los palacios son cáscaras vacías. Los automóviles que vuelan como estrellas fugaces a ras de suelo, toda vuestra tecnología, vuestros móviles y ordenadores: brillan. Pero no valen nada. Ni, por supuesto, los grandes pisos del centro de la ciudad con vistas a la catedral y las casas enormes de las urbanizaciones de la periferia. Nada.

“Llegamos a la orilla del río y salimos a pasear con los prismáticos en una mano y la guía de aves en la otra”

Dos: sobre una tarde nublada de sábado. Montamos en el coche. A veces el automóvil es una esfera hermética perfecta en la que solo está la música y están sus voces, las de ellas. Y sus risas, sus enfados o sus silencios. Y también está el rumor del motor que nos separa de los campos sembrados de maíz y colza, y de los árboles de la vega del Tormes, y de las aves que rompen el cielo. Llegamos a la orilla del río y salimos a pasear con los prismáticos en una mano y la guía de aves en la otra. Papá, déjame los prismáticos. No papá, a mí. Y se los dejo. Y miran con ellos a cualquier lado menos a las aves. Y juegan a mirar por los prismáticos al revés y a acercarse la una a la otra gesticulando y bailando. Y miran hormigas. Y en la orilla de enfrente pasan unos ánades azulones nadando. Y caminamos. Y juegan. Y pasa una cigüeña rozando las copas de los árboles, tan cerca que no es necesario usar los prismáticos, tan perfecta como la constelación de la Cruz del Norte. Y unos pasos más allá, mientras juegan, porque no paran de jugar, levanta el vuelo un ave magnífica y blanca que se pierde entre los árboles de la orilla de enfrente (siempre es la otra orilla, todo ocurre allí). No logramos verla con claridad ni identificarla. Parece un dragón de cuento. O un ángel cansado. Vigilamos con los prismáticos unas espadañas situadas, claro está, en la otra orilla. Se escucha allí un runrún de píos y plumas y chapoteos detrás del telón de tallos y hojas. Justo en el momento en el que bajamos los prismáticos aparecen dos pequeños patos persiguiéndose el uno al otro para desaparecer de nuevo entre la vegetación. No llegamos a distinguirlos antes del fundido a verde que sigue después de su fugaz actuación. Sí vemos, entre los árboles, una pincelada amarilla y negra: un carbonero que se presta a ser observado durante el minuto en el que juega entre las ramas aún huérfanas de hojas. Es perfecto y hermoso. Como sus caras de asombro al verlo. Al volver, se detienen en el borde del sendero y se agachan un momento. Papá, ¿qué es esto? Me acerco y entre la hojarasca una criatura peluda y negra se agita para esconder su cuerpo minúsculo de la vista de los gigantes. Es un topillo. Es un duende del bosque, un regalo de la vega del Tormes. Ellas dicen hala, mira, qué bonito. Hala. Hala, mira. Regresamos contentos. Hablando de topillos y pájaros, que es más que hablar de lo divino y de lo humano. Que es el cielo.

Tres: sobre la lucidez. Un topillo vale más que todo lo citado en el punto Uno. Un hala, mira, vale más que la Quinta Avenida de Nueva York entera. Y esto es lo importante. Lo más importante. Es el cielo entero.

mvallsgordejo@hotmail.com

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