Animales perplejos

MANUEL VALLS GORDEJO

"Me ha costado un buen rato encontrar aquí, en el mismísimo Chamberí, una cafetería de las de toda la vida."
"Me ha costado un buen rato encontrar aquí, en el mismísimo Chamberí, una cafetería de las de toda la vida."

Estoy sentado en una cafetería en Madrid. He viajado por razones de trabajo que no vienen al caso. Me ha costado un buen rato encontrar aquí, en el mismísimo Chamberí, una cafetería de las de toda la vida: existe un sinnúmero de franquicias de todo tipo con los rótulos en inglés y palabras como ‘slow food’ y el prefijo gastro escritas aquí y allá. Espacios de plástico que ofrecen acogidas de plástico. Entras en uno de ellos y puedes estar en cualquier otro lado del planeta en el que se encuentre esa misma cadena de establecimientos. Finalmente, acabas sentado en ningún lugar. Pero yo he descubierto un lugar. Una cafetería de las de siempre. Hay croissants y café con leche. Hay algún pincho de aspecto triste. Dos camareras despachan con eficacia mientras charlan. Una de ellas reflexiona acerca del sentido de su parto no-natural. Si el niño venía bien, ¿por qué le practicaron una cesárea? La pregunta se pierde en el aire. Hay preguntas que es necesario hacer de vez en cuando. No sirven de nada, pero imagina que el eco devuelve la respuesta. Imagina que, por sorpresa, entiendes. Los seres humanos somos animales perplejos. Y preguntamos. Un hombre de unos setenta años concluye su desayuno con una copita de anís, liderando de esta manera un silencioso acto de rebelión contra los mensajes saludables escritos en inglés y el insufrible prefijo gastro. En la televisión hablan de política y en la radio suena La Oreja de Van Gogh y estos sonidos se mezclan con el olor de la tostada y el huevo que se cocinan en la plancha. Y con las miradas de los clientes. Y con las luces de las dos máquinas tragaperras. Todo es tangible. Todo es real. Como la imitación de mármol de la barra o los adornos acolchados de la parte inferior de esta misma barra, forrados de cuero falso y en un estado de conservación bastante aceptable. Realidad años ochenta. Realidad que se toca y que huele. El hombre del anís charla con otro parroquiano. Dice que hace un tiempo se dio cuenta de que había olvidado las tablas de multiplicar. Decidió tomar una hoja en blanco y un lapicero y escribir en orden, con calma, todas las tablas. Uno por uno es uno, uno por dos, dos, uno por tres, tres. Y así. Cuando acabó con ellas se dedicó a hacer sumas interminables de números de cinco o seis dígitos por el simple placer de hacerlas. Las matemáticas ayudan a no perderse, son un puerto seguro en mitad del temporal. No así la poesía, que es como un salto al vacío. La poesía es perplejidad. Una pareja de edad avanzada entra en la cafetería para agradecer a una de las camareras que guardara el bolso de la mujer de edad avanzada cuando lo olvidó allí. La camarera dice que no ha sido nada. La pareja agradecida insiste en dejar una propina de diez euros que acabarán en el bote. La realidad que se toca y que huele puede ser un lugar agradable. El hombre del anís acompaña ahora a su camarada, que juega en una de las máquinas tragaperras. Sus miradas se pierden en el fragor de las luces, que regresan a un incómodo estado de reposo cuando cae la última moneda. Los dos hombres contemplan la máquina aguardando una señal que nunca llega. Parpadean un instante. Entonces el hombre del anís agarra del brazo a su compañero: ocho por siete, esa sí que me costaba, pero ahora siempre la recuerdo: cincuenta y seis.

mvallsgordejo@hotmail.com

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