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lunes, octubre 19, 2020

“Ser cura no es una profesión”

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Antonio Carreras acaba de ordenarse como diácono y espera con ilusión el momento de convertirse en sacerdote. Mientras, este seminarista de Salamanca realiza su labor pastoral en la parroquia de  Alba de Tormes.

Cuando la vocación está dentro, no hay barrera que la frene. Y no hay mejor ejemplo que el tuyo. Un joven abogado, de exquisita formación, con un futuro prometedor en una consultoría en Madrid, que lo deja todo para ser cura de pueblo…

Bueno, ha habido una larga etapa de transición, no ha sido de hoy para mañana. Además, nací en el seno de una familia religiosa y siempre he sido un creyente practicante. Y, en mi caso, existe una continuidad en la práctica religiosa. Aunque durante la etapa laboral en Madrid dedicaba prácticamente mi tiempo al trabajo –operaba en una consultoría que prestaba servicio a una multinacional–, siempre encontraba un hueco para rezar y acudía a misa cada domingo. De alguna manera, siempre busqué alimento espiritual.

Así que la vocación siempre estuvo ahí…

Desde que era un niño, avivada por el espíritu Marista, donde me formé. Pero quizá no tuve la valentía en el momento que correspondía de tomar este camino y cogí el que todo el mundo esperaba: una carrera universitaria, un máster, un trabajo…

¿Qué te hizo darte cuenta de que eso no era lo que querías?

Pues fue en Madrid, cuando empecé a trabajar y a vivir solo. Se supone que todo lo que había conseguido –acabar Derecho, el máster en MBA, un trabajo interesante– me iba a dar estabilidad y el empleo que desarrollaba me iba a reportar felicidad. Sin embargo, no fue así. Me sentía satisfecho, sí, pero no pleno. Cambié de trabajo, pensando que en otra empresa lo lograría, pero tampoco. Por otra parte, observaba cómo mis compañeros de trabajo encontraban esa felicidad en su día a día: en el sacrificio por sus familias, por desarrollarse como profesionales, por conciliar; en definitiva, se sacrificaban por amor… Esa entrega a mí me faltaba, pero sentía que lo llevaba dentro y necesitaba

¿Cuál fue el primer paso que diste para iniciarte en el sacerdocio?

Lo primero que hice fue coger vacaciones y marcharme de retiro espiritual a un monasterio. Y a los que primero pedí acompañamiento en mi vocación fue a una congregación religiosa de Madrid, los misioneros Claretianos. Durante un año estuve con ellos, conociendo la vida de la congregación, colaborando como catequista en su parroquia, en el colegio Claret, y después de ese año entré en el seminario claretiano de Colmenar Viejo. A lo largo de ese tiempo estudié los tres primeros cursos de Teología en Madrid y descubrí que Dios quería que entrara en la Diócesis, por eso me vine a Salamanca, donde estaba el origen de mi fe.

La orden Claretiana es eminentemente misionera. ¿Es ese tu deseo, hacer misión?

Hoy en día el trabajo pastoral está en España, porque España es tierra de misión. La realidad social ha cambiado. Mi decisión es ser cura diocesano, porque hay mucho que hacer en las parroquias de los pequeños pueblos de Salamanca y aquí es donde quiero estar. Durante estos meses, haciendo pastoral en Alba de Tormes he trabajado en otros campos y todas estas acciones son una dicha para mí.

En la actualidad sois solo tres seminaristas salmantinos de la Diócesis de Salamanca los que vivís en el Teologado de Ávila. ¿Qué pasa con las jóvenes vocaciones?

Sí, somos tres salmantinos de la Diócesis de Salamanca que residimos con 16 seminaristas de las diócesis de alrededor. Lo que pasa es que las generaciones más jóvenes se han cerrado a Dios. Se cierran a lo más transcendente, no quieren comprometerse; hay que tener en cuenta que la realidad cristiana nos compromete y nos obliga a tomar partido. Ser cura no es una profesión, no abarca solo una parte de tu vida, no eres cura a media jornada o jornada completa, lo ocupa todo. Los jóvenes están rodeados de muchos reclamos, nuestra sociedad le ofrece muchas formas de divertirse o pasar el tiempo, maneras fáciles que no implican compromiso.

Quizá sea que los jóvenes os ven lejos, os sienten diferentes…

Nos queda mucho por hacer, quizá no sabemos trasmitir nuestra experiencia, pero somos como cualquier persona de nuestra edad. También tenemos que hacernos la comida, planchar nuestra ropa, cuidar a nuestros padres… Tenemos los mismos problemas que el resto de la gente. La diferencia es que nuestro tiempo libre, el que nos dejan nuestras tareas como diáconos o sacerdotes, lo dedicamos a los demás, entregamos nuestro tiempo a la gente.

A lo largo de tu vida siempre has tenido referentes fuertes que han forjado esa vocación.

Claro, empezando por mis padres, que son profundamente religiosos y practicantes. Después, el colegio en el que me formé, los Maristas. Allí encontré religiosos y catequistas que me mostraron un camino por el que discurrir y en el que descubrir la fe. Otro gran recurso para mí ha sido la parroquia, La Purísima, donde encontré modelos que seguir, sacerdotes que me permitieron conocer la maravillosa labor que realizaban. En buena medida soy lo que soy gracias a ellos.

Precisamente, gracias a la parroquia tuviste una experiencia como voluntario en Cáritas.

Una experiencia que me puso en contacto con la realidad. Mientras estudiaba Derecho me integré en el grupo de Biblia de La Purísima, y compartiendo motivaciones con uno de los sacerdotes, José Manuel, me ofreció la oportunidad de ayudar como voluntario de Cáritas de Salamanca, en el centro de acogida Padre Damián, donde colaboré durante tres años. Ayudé en el comedor, pero aparte de la labor de cocinar o servir la comida, lo importante fue conocer y escuchar a aquellas personas. Descubres otras realidades, aprendes a no juzgar por las apariencias, a ser mucho más misericordioso. Conversar con las personas sin hogar fue un experiencia maravillosa y reveladora.

A la espera de ordenarte como sacerdote, te realizas como diácono. ¿Qué significa y cuál es tu labor?

El diaconado es el primer grado del sacramento del Orden y se recibe antes de ser ordenado sacerdote. Lo propio del ministerio diaconal es el servicio y la caridad, el cuidado y ayuda a los más pobres. En nuestros días no solo es pobreza la pobreza material, hay otras carencias, necesidades espirituales, como por ejemplo, paliar la soledad de los mayores. Esta labor la desarrollo en Alba de Tormes y los pueblos que pertenecen a este comarca. Además, soy catequista de varios grupos de jóvenes, colaboro con el grupo de Cáritas parroquial, visito a los enfermos llevándoles la comunión y rezando con ellos…

Imagino que estarás deseando llegar al sacerdocio…

Tengo mucha ilusión por ser sacerdote, estoy desando que llegue el momento para el que llevo tanto tiempo preparándome; pero también estoy disfrutando mucho de este período que se puede extender de dos meses a seis años.

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