Cien años de charlestón y películas de Sara Montiel

La salmantina María Matea Salgado celebró el pasado 16 de octubre su centenario en la Resistencia Provincial Asistida, donde vive desde marzo. Allí recibió un homenaje rodeada de familiares, compañeros y personal del centro

María Matea Salgado Martín, en la celebración de su centenario el pasado 16 de octubre, junto a familiares, compañeros y personal de la Residencia Asistida Provincial de Salamanca.
María Matea Salgado Martín, en la celebración de su centenario el pasado 16 de octubre, junto a familiares, compañeros y personal de la Residencia Asistida Provincial de Salamanca.

Con una sonrisa en los labios y las emociones a flor de piel, María Matea Salgado Martín entraba el pasado 16 de octubre a la celebración de su centenario. La habían organizado en una de las salas de la Residencia Provincial Asistida de Salamanca, donde vive desde el mes de marzo. Al otro lado de la puerta se encontraban familiares, compañeros y personal del centro, aguardando a la anfitriona con un ramo de flores blancas y rodeados de un generoso banquete. Todas las miradas la seguían a ella y no es para menos: cien años no se cumplen todos los días.

Salmantina de nacimiento, María Matea tiene sus raíces en Matilla de los Caños, localidad situada a apenas media hora de Salamanca. Su infancia, como la de muchos otros niños de la zona, fue humilde, aunque nunca le faltó qué llevarse a la boca, ni siquiera durante la Guerra Civil. “Ella siempre ha dicho que no pasaron hambre porque la gente del campo tenía muchos recursos”, comenta su hija María Jesús, sobre el trabajo como hortelanos de sus abuelos. “Ellos iban de pueblo en pueblo vendiendo los productos que recolectaban. Sabían que estaban en guerra pero no se vivió tanta penuria como en las ciudades”, añade.

María Matea Salgado, junto a su hermana Sebastiana y a su hija María Jesús.
María Matea Salgado, junto a su hermana Sebastiana y a su hija María Jesús.

Poco después, en la década de los cuarenta, con veintipocos, la ahora centenaria se mudó a la capital. Allí se estableció junto a su esposo, jefe de barra en el bar El Zaguán, y tuvo cuatro hijos, a los que se dedicó en cuerpo y alma. Esta labor la complementó con sus grandes pasiones: la tauromaquia, el baile y el cine. “Desde que era joven y gracias a la buena relación de la familia con los señores de la finca de los Taberneros, donde se crió, asistía a las corridas de toros. Las disfrutaba mucho. Ella conocía los toreros más famosos de la época porque iban a la finca a realizar las tientas”. Otra de sus aficiones han sido las películas, en concreto, las protagonizadas por Sara Montiel. “Siempre que podía iba a ver alguna. También le gustaba mucho el charlestón. Aprendió a bailarlo desde niña”, asegura su hija.

Hasta los 98 años, María Matea vivió en su casa, acompañada por uno de sus hijos y gozando de una salud de hierro. Sin embargo, cuando sufrió una caída y se rompió la cadera, sus familiares decidieron internarla en un centro de mayores, mientras esperaban una plaza en la Residencia Asistida Provincial de Salamanca.

A sus cien años, utiliza una silla de ruedas para desplazarse y tiene algunos problemas de audición, pero su mirada está tan viva como siempre. Una sensación que se confirma en las distancias cortas, en las que se puede mantener una conversación fluida con ella. Hasta tal punto es consciente de todo lo que le rodea, que conoce cada detalle de su medicación. “Cuando le dan una pastilla nueva, me pide que pregunte para qué sirve. Tiene muy buen ojo y las reconoce siempre”, asegura María Jesús.

La plenitud del centenario

Con cuatro hijos, cinco nietos y tres bisnietos, la salmantina aún no puede creerse que ya cuente con cien años de historia a sus espaldas. Quizá por eso, no sabe muy bien cuál es el secreto para alcanzar el centenario. “Yo diría que estar alegre y comer, yo siempre he sido muy comilona”, comenta entre risas. “Mi abuelo llegó a los doscientos años, quizá me haya dejado esa herencia”, bromea con la gracia que la caracteriza.

Y puede que no le falte razón sobre la importancia del componente familiar. A sus 98 años, su hermana, Sebastiana, se encuentra en perfecta forma física y mental, precedentes que probablemente la harán soplar pronto las mismas velas que María Matea. Por no llevar, no lleva ni bastón. “Después de ver la fiesta que le han organizado, que los cien me vengan cuando quieran. La verdad es que no me esperaba que le fueran a hacer un homenaje tan bonito”, afirma sonriente.

En cuanto a la celebración que le prepararon en su nuevo hogar, María Matea no puede estar más agradecida. “Estoy contentísima, no puedo pedir más. Todos mis compañeros son muy simpáticos y los quiero de todo corazón”. Sentimiento que es recíproco porque cómo no querer a una salmantina que todos definen como coqueta, alegre y muy buena persona.

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