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martes, octubre 27, 2020

“Las sepulturas bonitas están en las iglesias, no en los cementerios”

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Cumplidos los 65, a Victoriano Martín le quedan unos meses para jubilarse. Estudió Geografía e Historia, pero acabó trabajando en el cementerio San Carlos Borromeo. Más de tres décadas de profesión dan para muchas historias y para un sinfín de recuerdos, pero el que guardará con más cariño es el que dedicará siempre a su equipo.

Se acerca el día más importante para el cementerio…

Para nosotros sí.

¿Es la jornada que más trabajan?

El día de Todos los Santos no es el de más trabajo para nosotros, sino los anteriores y los posteriores. En realidad, ese día hacemos poco: limpiaremos todas las papeleras y procuraremos tenerlo lo más limpio posible, pero yo creo que en realidad el día que más sucio está el cementerio es precisamente el de los Santos, cuando a uno se le cae una flor, a otro no sé qué…

¿No cree que se ha convertido en una fiesta algo “pagana”?

Yo creo que no. Si existe un Lunes de Aguas, esto es algo por el estilo. Muchas personas, en lugar de ir a la Plaza Mayor, vienen a pasear al cementerio, pero todavía hay gente que lo vive con un gran sentido religioso. Es una fiesta y el cementerio está muy bonito.

¿Y qué le parece Halloween, que se está poniendo de moda?

Lo siento mucho, pero a mí me parece repugnante. Es una tradición americana que se ha metido, pero yo no la soporto. La gente tendrá sus razones, pero yo soy de Todos los Santos, de las roscas de anís y los claveles. Es el único día del año en el que me pongo una corbata.

¿Todavía hay personas que vienen a diario al cementerio?

Cada vez menos. Es lo que más ha cambiado. Hay personas a las que llevo viendo 30 años cada día. Suelen ser mujeres mayores, a veces algún señor… Pero cada vez menos. Eso se está reduciendo a la cultura gitana.

¿Ha llegado a forjar alguna amistad con personas que visitan a menudo el cementerio?

Muchas veces. A ver si me entiende: esto es un cementerio. Si tú trabajas en una discoteca, te relacionas con gente que va a la discoteca; unas veces haces alguna amistad y otras veces, “hasta luego y adiós”. Pues aquí igual.

¿Cómo empezó a trabajar aquí?

Por enchufe (ríe). Mi tío era el administrador, y no había trabajo. Esta crisis de ahora no es nueva…

¿Y qué supuso para usted?

Al principio es un pequeño “trauma”, pero luego lo vas asimilando. No quiero decir que te habitúes del todo, pero tienes familia, tienes hijos y vives dignamente, así que eso está súper superado.

¿Le da “apuro” contar que trabaja en el cementerio?

Al principio está ahí ese prejuicio que la sociedad puede tener y que nosotros, que formamos parte de la sociedad, también podemos tener. Está eso y está la necesidad, y prima la necesidad. Y cuando han pasado dos, tres o cuatro años para ti es tu gran trabajo. Mis hijos se sienten orgullosísimos de que su padre trabaje en el cementerio.

¿Recuerda la primera tarea que realizó en el camposanto?

Empecé como peón de albañil, luego fui conserje y después el administrador del cementerio. Ahora otra vez conserje. Asumo las funciones que venía desarrollando -el control y la coordinación del funcionamiento diario del cementerio-, pero del trabajo administrativo se ocupa la concesionaria. He subido y bajado como las olas (ríe).

En más de tres décadas, esto habrá cambiado mucho…

Mucho. Para mí, el cementerio tiene dos etapas: una, cuando pertenecía a la Diócesis y otra desde que lo gestiona el Ayuntamiento a través de una concesionaria, Parque Cementerio Salamanca. Las dos etapas son muy distintas.

¿Qué diferencias destacaría?

La forma de trabajar del Obispado era más humilde, económicamente más modesta, así que los servicios eran más “precarios”. Ahora los servicios son sustancialmente mejores, pero no existe la misma familiaridad, aunque intentamos hacerlo lo mejor posible. Digamos que cuando estaba el Obispado predominaba la parte más espiritual y ahora una más tecnificada, que permite dar un servicio más “profesionalizado”.

Después de tantos años, conocerá el cementerio al dedillo…

Presumo de conocerlo muy bien. Siempre digo que no soy el más listo, pero sí el que más sabe del cementerio.

¿Cuántas personas puede haber aquí enterradas?

No he hecho el cálculo, pero se estima que unas 1.000 por año, y el cementerio tiene más de 150 años.

En todo este tiempo, habrá vivido de cerca historias que le han marcado de algún modo…

Siempre hay alguna. Por ejemplo, he visto morir a tres personas: una se suicidó dentro de un nicho; otra estaba presenciando el entierro de su hermano y sufrió un infarto; y otra persona murió por una caída. Pero yo siempre pongo el ejemplo del sacerdote o el médico, que pueden sentir un “pellizco” por algún paciente en algún momento, pero generalmente no. Él cumple con su obligación, intenta salvarles, seguro que cuando salva a un paciente se va muy contento para casa y el día que muere uno… bueno, simplemente se va para casa. Pero no tiene por qué ir con la cabeza gacha si ha hecho su trabajo bien. Nuestro trabajo es un poco así. La gente viene con dolor, con tristeza, y sabemos estar con ese dolor y con esa tristeza, pero no nos impregnamos con ella, no podríamos vivir. Sencillamente estamos a su lado. Es un momento tenso, difícil, y tenemos que saber estar para que nuestro trabajo facilite las cosas todo lo posible. Porque si nuestro trabajo falla, su dolor se prolonga aún más. Y a veces falla, sobre todo en cementerios antiguos.

¿En qué sentido?

En los cementerios modernos todo es grande, amplio, todo entra y es fácil. Aquí son sepulturas pequeñitas, cajas grandes… A veces hay dificultades. La experiencia evita muchos problemas, pero a veces te “pillan”. Una de las pocas virtudes que tengo es que no necesito un metro, solo con mirar puedo decir: ahí hay problemas.

¿Está presente en todas las inhumaciones?

Siempre. Suelo estar presente en un entierro hasta que la caja está depositada en el fondo. La gente me ve porque estoy mirando a mis chicos. Yo a los enterradores les llamo “mis chicos”, les tengo mucho cariño (se emociona). Si hay algún problema, estoy ahí. Es una función fundamental, quizá la más importante: que el enterramiento esté perfecto.

¿No es duro ese momento?

¿Duro? Durísimo. Un entierro siempre es doloroso.

Habrá visto de todo…

Sí, claro. Hace poco tuve un entierro que parecía un bautizo: un montón de niños jugando, los familiares hablando, todos en medio de la plazuela, el coche fúnebre solo… En esto también interviene el factor religioso o espiritual. Aquí el conserje “manda” en los tiempos, en los horarios y en las sepulturas, pero en lo religioso “manda” quien mande.

¿Este trabajo ha cambiado de algún modo su forma de pensar en la muerte?

No, para nada. No es que sea un creyente y un practicante acérrimo, pero cuanto más cristiano seas mejor asimilas todo esto…

¿Cuál es el entierro más raro que ha visto?

El que más me ha extrañado es el de un oriental. Era un día que había llovido enormemente y aquello era un patatal. Venían con sus trajes impecables. A la hora de enterrarlo, se pusieron de rodillas, con sus trajes impecables en el barro, inmutables. Me impresionó muchísimo su forma de comportarse. En el suelo, sin lápida ni nada, sobre la tierra embarrada.

¿El cementerio no da un poco de impresión en invierno? A las siete ya es de noche…

Le voy a contar una anécdota de invierno. Era Navidad, y en esa época abríamos una puerta lateral. Era ya noche cerrada, y mientras subía hacia esa puerta, empecé a escuchar una musiquilla (tararea la canción “Feliz Navidad”). No crea que salí corriendo, fui acercándome a ver de dónde venía. Y resultó que sobre una lápida había un “Christmas” de esos que se abren y empiezan: “Ni-ni-na-na-na…”.

Pero eso le resultaría, cuanto menos, inquietante…

Hombre, el primer golpe te lo llevas. Pero a ver, si te dejo a las 10 de la noche en la zona más bonita del Campo Charro de Salamanca, entre encinas maravillosas, no hay nada de muerte, todo es vida… ¿No te da miedo? A mí no, pero miras para los lados. Estoy alerta, pero tranquilo, relajado.

Una de las zonas que genera más curiosidad es la de las fosas comunes. ¿Para que se utilizan ahora?

En nuestras fosas comunes podemos verter las cenizas de casi un millón de personas. Por ejemplo, se incineran los restos de quienes están en una sepultura de propiedad temporal cuando, pasado el tiempo establecido, nadie se hace cargo. También se utilizan para los restos procedentes de los hospitales y para los cadáveres que se donan a la Facultad de Medicina, una vez que finaliza el proceso de estudio. Antes se enterraba en las fosas comunes a los indigentes, pero ya no, ahora se les da sepultura en un nicho individual.

¿Suele visitar los cementerios famosos cuando hace turismo?

Nunca. Yo encuentro la belleza en otras cosas. Tengo que haber recorrido 100.000 cosas de una ciudad para ir a un cementerio. No soy morboso y, además, las sepulturas bonitas no están en los cementerios, están en las iglesias.

¿Es de los que encuentra paz al pasear por el camposanto?

Lo mío no es pasear buscando paz, para eso voy a otros sitios. Aquí siempre estoy con los ojos puestos. Los días de niebla, cuando empieza a salir el sol, el cementerio es muy bonito, pero no vea morbo en eso. Hay gente que busca morbo y misterio en el cementerio; yo no. Es bonito o no es bonito. Yo lo veo con mucha naturalidad.

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