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domingo, octubre 25, 2020

Cama, comida y el calor de un hogar contra la exclusión social

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Cuesta Dios y ayuda, como suele decirse, conseguir que Chelo hable de lo que hace, pues ella lo considera fuera de toda excepcionalidad, así que lo de convencerla para que salga en las fotos hay que dejarlo por imposible. No se cansa de expresar en alto su extrañeza por el interés que ha despertado su historia, una historia que hace unas semanas le valió el Premio a la Solidaridad Individual de Cruz Roja, reconocimiento que también la deja atónita. “¡Pero si yo no hago nada del otro mundo! Me limito a hacer mi trabajo y a tratar de que quienes viven en mi casa estén lo mejor posible. Es mi forma de vivir. Hago lo que creo que debo hacer, simplemente”, explica.

Pocos minutos bastan para comprobar que la suya es una generosidad cotidiana y sin alharacas, de esas que salen de forma tan natural que “se sonrojan” con el aplauso, a pesar de que, al final, son las que contribuyen a que el mundo sea un poco mejor desde lo más cercano y sencillo. Y por mucho que ella se empeñe en demostrar que su labor no tiene nada de extraordinario, algo hará para que Manuel, por ejemplo, diga que Chelo es “como una madre a la que quiero mucho” y que gran parte de la “culpa” de que él consiguiera salir del pozo en el que le hundió el alcohol es suya.

En julio hará siete años que Manuel llegó al hostal Peña de Francia por mediación de la trabajadora social de la Unidad de Alcoholismo de Salamanca. En ese momento vivía solo en un apartamento, se había quedado sin apoyos familiares y sociales y el trabajo -había sido limpiador, fontanero, calefactor…- tampoco había salido indemne de los zarpazos de su adicción. Manuel asegura que “aterrizar” en el establecimiento que regenta Consolación Benito Colino, “Chelo”, supuso dar “un giro de 180 grados” a su vida, y cuando ella insiste en que no sabe qué ha podido hacer para que parezca tan meritorio, su huésped se lo recuerda: “Apoyarme y tener paciencia y corazón”.

La verdad es que al principio necesitó mucho de lo primero. Reconoce que tener a Manuel en el hostal “fue muy duro el primer año”. La enfermedad, que se inició en 1987 -“a raíz de la muerte de mi madre”- le complicaba bastante las cosas a esta mujer que hace más de dos décadas decidió abrir las puertas de su negocio a personas en riesgo de exclusión social y sin excesivas oportunidades.

Otra persona

“Hasta ese momento habíamos acogido en el hostal a personas con discapacidad física o psíquica. Era la primera vez que venía alguien con problemas con el alcohol. En algún momento lo hubiera tirado por el balcón (risas), pero ahora no me arrepiento. Nos costó mucho, pero poco a poco, con paciencia y paciencia, empezó a cambiar. Ahora es educadísimo, un cielo de persona”, sostiene. Manuel lleva un lustro sin beber, y su problema está “totalmente superado”. Dice que lo ha conseguido en buena medida “gracias al apoyo de Chelo”, que le ofreció “una oportunidad” y también muchas charlas.

Imagen de la fachada del céntrico hostal.

“Todos los días le echaba una medio bronca”, reconoce la propietaria del Peña de Francia, que ha recibido el reconocimiento de Cruz Roja por una trayectoria al lado de los más vulnerables que arrancó cuando un familiar le preguntó si estaría dispuesta a acoger en su establecimiento a pacientes de la Unidad de Rehabilitación Psiquiátrica de Los Montalvos, una vez recuperados y con necesidad de encontrar un lugar en el que vivir.

“Hacía dos años que me había hecho cargo del hostal con dos tíos míos, lo cogimos en traspaso y lo reformamos. Dije que sí. Llegaron cuatro personas. Una de ellas se marchó un día; Antonio murió hace dos años, a Benjamín le trasladaron a una residencia en julio pasado y Carlos todavía está con nosotros, lleva ya más de 20 años aquí”, enumera Chelo. Esta especial “comunidad de vecinos” bien avenida se completa con Manuel, que pronto sumará siete años en el “Peña de Francia”, un establecimiento que también tiene otros clientes asiduos, como unos sevillanos que visitan todos los años Salamanca y se hospedan allí o un turista belga que lleva “diez o doce años” alojándose en estas instalaciones de la calle San Pablo. Por algo será.

Adaptación

Hace un tiempo Chelo tomó las riendas del negocio en solitario, y aunque reconoce que un hostal “ata mucho”, afirma que no le resulta excesivamente complicado. “Me adapto muy bien a todo tipo de circunstancias”, sostiene. Lleva “ocho o diez años sin vacaciones ni días libres”, pero le basta con saber que cuenta con el cariño de sus huéspedes y con compartir “alguna tarde” con sus amigas. “No soy de mucho salir. Muchas veces nos juntamos aquí a tomar café y charlar y así me relajo un poco”, explica. Le encanta leer y hacer ganchillo, y prueba de ello es que en estas dos décadas ha ido tejiendo un cálido manto de solidaridad a fuerza de crear hogar para quienes no tienen fácil acceder a uno.

“Mi familia es Chelo”, confirma Manuel, a quien le encanta cómo cocina su particular casera, sobre todo “el cocido y la lasaña”. En el hostal Peña de Francia se come lo que come su propietaria, que a veces es también “psicóloga, psiquiatra, enfermera…”. Pese a todo, ella sigue sacudiéndose el mérito de un plumazo: “Solo hago lo que creo que debo hacer. Y si le pones un poquito de cariño, todo resulta más fácil. Además, a la vez que las he ayudado, si es que lo he hecho, ellas me han proporcionado a mí muchas alegrías”. También le han dado, afirma, una gran lección: “He visto cantidad de problemas con una carga enorme detrás, así que no puedes nunca juzgar a nadie ni hablar de lo que desconoces, porque no sabes la historia que puede haber detrás”.

Responsable

Argimiro Gómez, trabajador social de la Unidad de Rehabilitación Psiquiátrica y uno de los impulsores de la candidatura, recogió el premio en nombre de Chelo.

Chelo no pudo acudir a recoger el Premio a la Solidaridad Individual de Cruz Roja. La gala era a la hora de la cena en el hostal, y a ella le puede la responsabilidad. Argimiro Gómez, trabajador social de la Unidad de Rehabilitación Psiquiátrica y uno de los impulsores de la candidatura, fue su representante en el acto.

“Muy grande”

“Recibir el premio es algo muy grande, nunca me imaginé que esto pudiera suceder. La verdad es que no sé por qué me lo han dado, porque no hago nada especial”, manifiesta la propietaria del hostal Peña de Francia. A su lado, Manuel, el huésped que llegó hace casi siete años, se lo recuerda: “Nos da mucho cariño y apoyo”.

Como en casa

Entre las seis candidaturas presentadas en la categoría de Solidaridad Individual, el jurado valoró que Chelo “cuida cada detalle del hostal para que sus huéspedes se encuentren como en casa, llegando a establecer con ellos una relación personal que resulta de gran ayuda para estas personas”.

Su rutina

La jornada de Consolación Benito Colino comienza a eso de las 7:30. “Preparo el desayuno, realizo las tareas domésticas y preparo la comida, la misma para todos. Por la tarde descanso un poco, y luego comienzan los preparativos de la cena”, cuenta. Durante 16 años, vivió en el hostal con su hijo, ya independizado, aunque el vínculo con el establecimiento y con sus huéspedes sigue siendo estrecho. “Tiene mucho corazón”, asegura Manuel.

Leer y escribir

Este hombre que hace casi siete años encontró en el hostal y en su propietaria el respaldo que necesitaba para salir del pozo dice que vivirá en el establecimiento “hasta que Chelo quiera”. Se levanta sobre las 8:00, se ducha, desayuna, va a la Unidad de Trastornos del Alcoholismo para recibir su tratamiento y después de comer suele dar un paseo. Pero lo que más le gusta a Manuel es “leer y escribir”. Y escuchar música. “En verano, por la ventana escucho tan pronto a Elvis Presley como a Rocío Jurado”, ríe Chelo.

Impotencia

Chelo reconoce que a veces siente “impotencia” ante las historias que conoce. “Piensas mucho y a veces te llevas el problema y te gustaría que las cosas fueran de otra forma”, comenta la propietaria del Peña de Francia, que no ve “correcto” tanto individualismo. “Cada uno vive ‘a su bola’ sin preocuparse de los demás. Y así vamos”, dice.

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