Una taza XL

RELATO - Manuel Valls Gordejo

Entra todas las mañanas en el ascensor y encuentra el mismo olor a tabaco. Alguien fuma allí dentro. En una de las paredes del habitáculo, junto a la botonera que va desde la B de bajo hasta el 7 del séptimo piso, hay un cartelito, quizá demasiado pequeño, en el que aparece un cigarrillo tachado, una señal de prohibición que prohíbe fumar. Se entiende. Hay que ser tonto para no entenderlo. Hay que ser un maleducado o un imbécil para fumar allí. Pero alguien fuma. Él se lo cuenta a su pareja y ella encoge los hombros. Total, dice, nosotros estamos en el tercero y tampoco tardamos tanto en llegar abajo, yo aguanto el olor sin problema. Pero él se desespera: no es una cuestión de aguantar, es una cuestión de Respeto. Respeto con R. Y siente una angustia feroz producida por la injusticia y la impotencia. La cosa no es para tanto, dice ella mientras saborea el café mañanero en una taza muy grande, una taza XL, si es que existen tallas para las tazas. Él diseña un plan de vigilancia. Pasa sus ratos libres en el portal sentado en una silla plegable, tomando café (detalle algo contraproducente) y leyendo una antología de poemas de Leopoldo María Panero que en algún momento le ha llevado a plantearse el sentido del sencillo hecho de respirar (algo contraproducente también). Muchos vecinos sufren un sobresalto cuando encuentran, al salir distraídos del ascensor, esa figura inquisidora y malencarada. Un hombre que lleva una bici: el tipo aparenta una juventud que sus ojos desmienten.

Pasa deprisa murmurando buenas tardes o días o simplemente buenas. Un matrimonio de ancianos agotados que salen agarrados de la mano y saludan a pesar del susto inicial. Un niño que atraviesa el portal duplicando la velocidad punta de Flash. Una pareja que se besa mientras camina y ni siquiera advierte la presencia del vigilante. Varios matrimonios de edad media cargados con bolsas de supermercado en una mano y bolsas de resignación en la otra. Él adora a estos últimos: en primer lugar porque comprueba que no son los fumadores y en segundo porque desea llegar a ser como ellos algún día y alcanzar ese estado de seguridad imperturbable, de calma absoluta. Habla de todos ellos con su pareja. Su respuesta es siempre la misma, se encoge de hombros, sonríe a medias y sorbe bebidas calientes en su taza XL. Y él, como no consigue de día encontrar al infractor, decide velar por las noches. Pero resulta ser un vigilante nocturno deplorable porque no aguanta despierto más allá de la una, cuando se mete en la cama derrotado por su propia debilidad. En el desayuno su pareja bebe café negro en la taza XL y encoge los hombros mientras le recomienda calma con mucha calma.

Una noche se queda tan dormido que abre los ojos en la silla plegable a las cinco y media. El motor del ascensor suena. Se abre la puerta y aparece su pareja. Anda, venga, sube, dice ella con el abrigo puesto. El ascensor huele intensamente a tabaco. Ya de mañana, en la cocina, desayunan. Él no dice nada. Ella sorbe café negro en su taza XL. La taza lleva impreso un texto que reza: “Para la chica más guapa de la oficina”.

mvallsgordejo@hotmail.com

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