Sobrevaloración

Suicidario: No me lean | Roberto Moura

El verano está sobrevalorado. Sólo hablamos de él con añoranza en los invernales días de frío radical o húmedas nieblas, deseando un sol materno y acogedor que todo lo inundara para después, cuando lo padecemos estos días con rigor sobre volando nuestras cabezas, evitarlo en la parte central de cada día o casi todo.

El verano resuena en nuestras cabezas como un tiempo programado para descansar tomando un aperitivo exótico con menta y hielo, tumbados en una terraza de un chiringuito inventado al lado de una playa, con un bañador hortera de palmeras y si me apuran, rodeados de un par de morenas de piel, rubias de melena. Para después verte encerrado en tu salón tragándote sin deglutir todo lo que la tele nos escupa, recibiendo la intermitente brisa de un ventilador oscilante, en el mejor de los casos, sentado frente a tu señora entrada en carnes o no, mientras se abanica bufante y somnolienta. Pudo parecer un micro machismo, pero por supuesto que este ejemplo lo tenemos también en versión femenina. Que yo, soy de degradar a los dos géneros. Y los que vengan.

Las vacaciones están muy sobrevaloradas. Ese lapso de tiempo, impuesto por contrato y coincidente con un porcentaje enorme de masa social que nos lleva a concurrir a las mismas horas, como manadas, en los lugares más vanidosamente fotografiables. No me hagan hablar de esas playas atestadas de bañistas, que si sufrieran un desembarco de marines, éstos, no pudieran pasar de la segunda línea de sombrillas y toallas…

“No me hagan hablar de esas playas atestadas de bañistas, que si sufrieran un desembarco de marines, éstos no podrían pasar de la segunda línea de sombrillas y toallas”…

Las fotos están muy sobrevaloradas también, ya que me pongo. Una foto, si no te lleva impresa, no es una foto. Antiguamente uno se tomaba la molestia de escoger un escenario y echar un mini rato buscando esa luz ideal o aquel encuadre, ahora se ametralla a discreción con nuestros inteligentérrimos, portátiles y multifuncionales dispositivos telefónicos, todo lo que se menea y lo que no. Se posa de las maneras más pretenciosamente artificiales, se sonríe perfecta y postizamente ante cualquier lente que nos apunte, tratando de sacar la mejor e impostada imagen de nosotros.

La foto ha de ser expuesta en todas las redes posibles venidas y por venir, si no, sirvieron de muy poco. Las redes sociales, confieso repetitivo, ya desatado del todo… están muy sobrevaloradas. Alguien como yo, celoso de su intimidad, que vive en las antípodas del exhibicionismo y de la pretensión, no es capaz de llegar a concebirlas como útiles para su persona. La mía, vaya. No hablo de manipulación y falsedad, pero me arrimo. Sé que hay excepciones que han de confirmar reglas, no se me molesten demasiado.

Disculpas a todos los que me leen porque deben apreciar, en estos textos que me nacen muertos, la desidia propia con la añadida del verano. Un texto de saldo, de 2×1, con este mío, de regalo de compromiso despreciable.

Creo, que la vida está ocurriendo ahí afuera mientras tanto, salgan a disfrutarla si supieran o si les dejan. Nuestras vidas están muy sobrevalora… mejor me callo.

No me escriban: suicidiario@hotmail.com

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