Líder al revés

Suicidario: No me lean | Roberto Moura

No sé qué nombre podríamos darle a la antiquísima enfermedad humana de subordinación absoluta ante cualquier autoridad competente (o incompetente, como en la mayoría de los casos) donde podemos descubrir, entre su múltiple y variada sintomatología, una falta de iniciativa del individuo exagerada, casi muerte. “Dadme algo que pueda recitar, que pensar por uno mismo, duele y desconcierta”.

Entre tantos de sus efectos o defectos secundarios, encontramos, curiosamente, que los votantes no se sienten nunca responsables de los fracasos ni de los delitos cometidos por los gobernantes que han votado. Impunes versus recalcitrantes, puf, así nos va, menuda mezcla. Si leyéramos la palabra Líder al revés, encontraríamos subliminalmente la solución a este pequeño entuerto que planteo.

Y después de esta entradilla con acertijo y solución, me encamino de nuevo a la inoperativa tarea de atrapar la actualidad si ésta existiera o se dejase. Antes de entrar sobre el papel, debo revisar otros papeles y aquí los hallo, sucios de política, de dimes y de diretes, de mugidos y rebuznos, de jueces y de juzgados, de buenos y malos o de malos y buenos, según quien sea el estrábico que mal mire. Y entre tanto fuego cruzado, se escapan balas. Y entre tanto incendio, un humo que seguro que algo tapa, quizá corrupción, desvaríos, irregularidades varias. El desfalco sistemático al que la mayoría de los asistentes somos sometidos. Dos partes disputando, aparentemente, ayudándose a enmascarar sus truculentas realidades delictivas.

“La política sólo entiende entre enemigos e instrumentos”, dijo una vez un sabio en perfecto extranjero

Jamás he sentido el mínimo apego al, llámese, conjunto, comunidad, sociedad, grupos o patrias… Yo soy más de viajes internos, únicos, personales. La pequeña gran revolución parte de cada uno, por ello, yo, incompleto del todo, no seré quién exija el segundo paso antes de dar el primero. Porque hay gente que viajó mucho por el exterior, frecuentó ciudades y pueblos, buceó ríos y mares, escaló montañas, pació valles, departió con foráneos con un lenguaje simbólico o escaso, etc. pero jamás se detuvo a escarpar sus propios riscos ni a descender sus propias simas. Hablar del exterior, del otro, sin antes haber hablado con uno mismo, voluntariamente encerrado por un tiempo en sus habitaciones más oscuras, es un acto atrevido, estéril, tonto.

Yo, que en lo personal paso por una de las etapas más tranquilas de mi vida, después de agarrarme al cayuco en el que al pairo naufragaba, pude vararme en sus tranquilas playas, donde como un adán cualquiera, desnudo e indefenso, me protege fuerte cuando me abraza suave entre su tibio regazo y sus bracitos.

“La política sólo entiende entre enemigos e instrumentos”, dijo una vez un sabio en perfecto extranjero.

No me escriban:
suicidiario@hotmail.com

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