El elefante y el odio

Suicidario: no me lean | Roberto Moura

Desde mi extraña posición de escribiente mensual, no soy capaz de comenzar un triste artículo sin tener que apelar a la exigencia por mantener el pacto que al final obliga. Hoy, créanme, comienzo cuando me han dejado, más tarde que nunca. Atrapado por esa vida que, si no quieres estar viviendo, tómate tres tremendas tazas, que para escabullirte de ella y salir airoso e indemne, debieras llamar al abogado más de turno o al cura más lejano.

Una vez desabrochado de todos los quehaceres personales, ¿qué hacer? Articular una página en blanco, opinadora de algo para lo que aún no se ha formado.
Y mientras tanto, ahí está, ajeno a todo, el elefante trompa abajo, entrometiéndose sin querer en todos los selfies, aglutinando las estupefactas sonrisas o entregadas y los faciales desprecios o verbalizados. Provocando distraído. Convocando admiraciones, recelos, envidias, suspicacias, etc., ajeno, ausente, juguetón, si me apuran, disoluto.

Un ojo escruta el interior de una botella. Enfoca sobre todo aquello que se presenta ante su vista, se fija, inspecciona, controla, aprende, incluso admira y al cabo de un tiempo… odia su contenido. Y a más odio, más detalladamente mira sus minucias y más estereotipadamente odia sus generalidades. Y cuando el ojo se cierra o duerme, no hay que preocuparse, el odio ya está instalado, será natural conseguir saber seguir odiando de antemano.

“Y cuando el ojo se cierra o duerme, no hay que preocuparse, el odio ya está instalado…”

Miramos a través de ojos que no son nuestros, fiamos la información que nos llega a propuestas diseccionadas de antemano, generamos opiniones, entre comillas, propias, con micro partículas de desinformación vaporosa captadas por sabe dios qué sentido. Somos máquinas especulativas, desarrolladoras de teorías facilonas por eso, es fácil que acaben yéndose a culpar al otro, de todo o de lo que sea. Y desafortunadamente, hay muchos otros y tenemos odio para cada.

¿Para cuándo aprenderemos a no descatalogar lo que no nos gusta, a dejarlo tirado en el suelo, sin paliza desproporcionada de antemano, levantar el pie, sin más y dejarlo en el camino, sin castigarlo con el aplastamiento de una opinión sangrienta y perdona vidas, tintada con el desprecio de los más absolutos o el más absoluto de los desprecios? Quedando siempre por encima de lo verbalizado, de puntillas en la foto, en una reafirmación egótica que nadie te pidió jamás ser expresada.

De eso, otra vez, hablaré en mayo. En ésta, una semana extrema y magnífica de temperaturas, que supo granizarnos un viernes por la noche y se las arregló para calentarnos un miércoles al mediodía con entusiasmo.

Andemos lo que andemos, el gran hoyo último siempre viene. Si nos quedamos quietos, el hoyo simplemente, llega.

Eludir la opinión de la actualidad en una columna de opinión de un periódico es tarea ardua que ejecuto, me ruborizo, no sin algo de autocomplacencia.
¡Me encantaría ser ese elefante trompa abajo!

No me escriban:
suicidiario@hotmail.com

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