Soy el conductor

Relato | Manuel Valls Gordejo

Soy el conductor. Y me muevo. Y adoro el tacto de falso cuero de mi volante. Aprecio mi coche barato y su motor de gran calidad, que es lo único bueno que tiene porque el resto posee una simple y relajante nobleza low cost. Hay en él algo que tranquiliza, quizá el saber que has comprado bien, barato y bien, una sensación propia de los que nunca podremos comprar caro y bien, o caro y mal: bien o mal, pero nunca caro. Es un consuelo discreto de personas discretas al volante de automóviles discretos y pequeños y blancos.

Soy el conductor. Y me muevo. Y me encanta el tictac de los intermitentes y la suavidad del retorno de las palanquitas a su posición inicial con tan solo un giro del volante. Sabes que las cosas van a ir bien cuando esto ocurre, sabes que todo está en orden, el sol saldrá por el este, la primavera llegará y los robles recuperarán sus hojas. Otro consuelo discreto de gente discreta aferrada a seguridades minúsculas para sostener los días de vidas enteras.

“Y me encanta el tictac de los intermitentes y la suavidad del retorno de las palanquitas a su posición inicial con tan solo un giro del volante”

Soy el conductor. Y me muevo. Aquí dentro nada me alcanza, ni el calor ni el frío, ni el viento ni el polen (es un colmo del aislamiento, el filtro antipolen). Aquí dentro solo estamos yo y la música, siempre la música: cuando arranca el motor Chet Baker toca la trompeta. Chet era un demonio con cara de querubín, su boca era una herida abierta y su sangre estaba hecha de notas pausadas y sublimes, piezas que encajaban a la perfección en el silencio insoportable, ese silencio que ocultan a la vez el ruido del motor y la trompeta sanadora de Chet. Ese silencio que soy incapaz de afrontar, porque es difícil plantar cara a la quietud permanente, a la pregunta incesante. Chet sopla por la boquilla de su trompeta y las calles se mueven y las vidas de las personas pasan de un lado a otro en la pantalla del parabrisas.

Soy el conductor. Y me muevo, y me muevo. Y en la carretera el sol amanece para mí y me entrega días nuevos en la mano, y los campos son eternos y el horizonte se dibuja como una promesa, aunque sea mentira, aunque me mienta porque sé que no estoy en ninguna parte, ni aquí ni allí, pero es que en esta burbuja del no estar no estoy obligado a hacer esfuerzo alguno, tan solo conducir, tan solo moverme, tan solo ser y escuchar música y recibir el regalo del paisaje y la promesa del destino. Chet que estás en los cielos, sigue soplando y cúbreme con tus notas perfectas. Acompáñame en las calles pequeñas y en los peajes desiertos y en las autovías interminables y en las acogedoras carreteras secundarias que rodean a las ciudades. En ellas siempre hay un rincón para reposar o desesperarse.
Soy el conductor. Y me muevo. Y solo quiero conducir siempre. Conducir hacia el mar con una mano sobre la palanca de cambios. Y otra mano sobre la mía.

mvallsgordejo@hotmail.com

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