Siete mil millones

Ando preocupado porque siempre digo lo mismo. Porque finalmente soy yo el que lo ocupa todo y dejo de ver más allá; peor aún, incluso dejo de ver más acá. Ando preocupado y eso no es una novedad, más bien es una rutina malsana e insufrible. Pero resulta que ayer los amigos, que para eso están y existen y se empeñan, los amigos, digo, me recordaron que nunca se acaba de sufrir si uno se deja, cosa que ya sé y ya me han comentado alguna vez antes e incluso yo he tenido la desfachatez (consejos doy que para mí no tengo) de apuntar como aviso a algún otro amigo. Y tienen tanta razón. Me dijeron que tres años largos de pena son una vida entera. Y también: que diecinueve meses de vigilia son un desierto helado de tiempo que nunca regresa. Y también: que en el mundo somos más de siete mil millones de personas.

“Pensé en cantar y tocar la guitarra porque la música es una fortaleza frente a la nada y dentro de ella nadie te puede alcanzar” 

Una cantidad inconcebible de seres humanos, de mujeres y hombres guapos y feos y buenos y malos y maravillosos y horrendos. Seres humanos caminando por las llanuras del fondo de un océano de aire como criaturas abisales perplejas por la luz del sol. Buscándose unos a otros con el objetivo no de entender, sino de encontrar compañía ante lo incomprensible. Y lo incomprensible es una nada eterna y gris llena de absolutamente nada, nada de nada, joder, ni un sonido, ni un movimiento, ni un abrazo, ni un solo beso. Y los besos y los abrazos son la luz frente a lo incomprensible.

Y pensé. Algunas cosas.

Pensé en cantar y tocar la guitarra porque la música es una fortaleza frente a la nada y dentro de ella nadie te puede alcanzar. Pensé en la poesía de Manuel Vilas que es un lago en el desierto. Pensé en Bolaño y los salvajes que corren desnudos en las selvas y atraviesan las avenidas de las grandes ciudades aullando gritos de libertad. Pensé en el aire diáfano de algunas mañanas en las que el sol sale solo para mí, en la carretera. Pensé en escuchar a Chet Baker por las tardes y a Van Morrison por las mañanas. Pensé en intercalar a Dylan de cuando en cuando y sentí alegría. Pensé en viajar a las Azores y buscar la bahía de Porto Pim y sentarme en ella a recordar a Antonio Tabucchi y beber algo a su salud.

Pensé en ver allí ballenas una vez más, ballenas interminables y puras, cachalotes, rorcuales azules, yubartas. Ballenas como gotas de agua perfectas. Las ballenas son el alma del mar. Son naves espaciales. Pensé en la vida sagrada de estos animales. Y en su fluir pausado: las ballenas son el tiempo mismo. Pensé en preguntarles por lo incomprensible. Pensé: voy a ir. No importa su respuesta. Voy a ir. Voy a vivir. No importa lo incomprensible. Voy a dar y a recibir besos y abrazos y arderán como antorchas frente a la nada. Y habrá música y también versos, versos libres, prosas poéticas, poesías prosaicas. Habrá belleza. Y ballenas inmensas como planetas. Voy a vivir. Voy a ir. ¿Vienes? Ven.

mvallsgordejo@hotmail.com

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