John

RELATO- Manuel Valls Gordejo

En la barra de un pequeño pub de un pequeño pueblo situado al noroeste de Irlanda, está sentado John. Justo en mitad del camino que lleva hasta el fin del mundo. Y en estos caminos que llevan hasta el fin del mundo nos podemos encontrar con hombres como John, que observan los vasos de Guinness como si se encontraran frente a un misterio perfecto. John tiene los ojos muy abiertos. Quizá a los ochenta y seis años los ojos se abren más: con el asombro del que ha llegado hasta ese punto o con el miedo de haber llegado, quién sabe. John aparenta no saberlo, y en el caso de saberlo, nada indica que lo vaya a contar. Algo debe saber, eso sí, de los secretos guardados en el interior del fluido negro. La cerveza negra es un mar negro. El vaso contiene el mar interior de John. Un mar antiguo que se remonta más allá de sus ochenta y seis años.

El mar se agita, la gente entra y sale y habla y ríe o charla o discute. Pero el mar negro permanece y él está clavado enfrente. Bebe a tragos cuidadosamente medidos, lo justo para saborear la cerveza durante un momento glorioso y retirarse hacia atrás en el taburete mientras limpia sus labios con el dedo índice doblado en forma de signo de interrogación. El dedo parece cuestionar algo. John me recuerda en ese gesto a mi abuelo y a algunos otros hombres mayores que cuestionan todo desde la barra de un bar tan solo con su presencia discreta. Ponen en duda la existencia de la barra, su propia presencia frente a ella y, por supuesto, nuestra misma existencia como observadores. Un sorbo, una pregunta. John descansa y todos giramos a su alrededor sin saber si existimos o no. John es uno de los centros alrededor de los cuales se mueve el universo.

En un momento de la velada, John habla a los viajeros que observan. Su voz es como un grito lejano aunque se encuentre a medio metro de distancia. Habla de su trabajo en el mar, del sabor a sal y de las olas que no cesan y son la respiración de un monstruo agotado. Habla de su trabajo como buzo en plataformas petrolíferas y en barcos grandes como ciudades pero minúsculos en el páramo del océano. Habla con vehemencia del viento allí abajo, de los peces que vuelan en un cielo sin estrellas, de bosques, de desiertos. Habla del día que contempló el sueño de los cachalotes, que forman racimos de cuerpos gigantescos suspendidos en vertical en el vientre del mar. Una siesta ingrávida y alienígena a la que John asistió entre maravillado y aterrorizado. Nadó entre los leviatanes inmóviles y se acercó hasta uno de ellos. Cuando se encontraba a un metro del rostro inabarcable del animal, el cachalote abrió un ojo y John se alejó de allí nadando tan rápido como pudo. John bebe otro sorbo de cerveza. Otra interrogación. Mira a sus interlocutores y afirma que se vio a sí mismo allí, en aquel ojo. A él y al resto de seres humanos y al mundo entero. Que solo somos el sueño de los cachalotes y que solo existimos cuando ellos duermen. Los viajeros asienten y beben de sus cervezas sin saber si existen o no. Todo gira alrededor de John. Es lo que ocurre a veces en los caminos que llevan al fin del mundo. O en el sueño de los cachalotes.

mvallsgordejo@hotmail.com

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