El alma y el mar

Relato | Manuel Valls Gordejo

El alma. (Para Pancho Ruano). El músico mira sonriente y dice que el contrabajo que está entre sus manos no es su contrabajo, sino que él es su contrabajista. En esa sonrisa humilde que no se decide a despegar pero que al final siempre lo hace, aparece una satisfacción íntima imposible de describir, la propia del que se sabe servidor de una causa insuperable, una de esas que hacen de la vida un lugar habitable y sirven para asegurar la rotación terrestre, la traslación alrededor del Sol y el equilibrio planetario del Sistema Solar: la música. Su contrabajo tiene ciento y pico años, ha vivido dos guerras mundiales y ha viajado y ha sido ocultado por seres humanos de la violencia y los colmillos afilados de los propios seres humanos. El músico lo utiliza para hacer sonar tangos. La voz de la madera es la de un superviviente sentado en la calle que canta mientras un hombre y una mujer bailan su amor y su deseo aferrados el uno a la otra sudando, ansiando aliento. El músico recibió el contrabajo como un Lázaro amortajado incapaz de mover un músculo y él se encargó de revivirlo, de recuperar el alma de la madera. El músico es un salvador. El músico es un sanador. Tiene unas manos enormes y finas y brutales y delicadas. Manos de obrero de la música, manos llenas de callos, deformadas por la pasión. Manos acostumbradas a la firmeza y el dolor de las caricias necesarias para manejar la tensión descomunal de las cuerdas sobre el cuerpo voluptuoso del instrumento. Cuando pulsa las cuerdas con un pizzicato tremendo o las frota con el arco, el músico dirige la mirada hacia el suelo prestando atención a los sonidos que surgen del alma del contrabajo. Escucha como el padre que escucha las voces de sus hijos. Sabe que esas voces no le pertenecen. Sus hijos solo pertenecen a ellos mismos. Como el alma del contrabajo que el músico ayudó a sanar. Es música. No es suya. Es música que seguirá los cursos de los ríos y acabará en el mar.

El mar. Comprar una cama grande para utilizar un solo lado debe ser una metáfora de algo, aunque no lo tengo aún muy claro. Es un despilfarro de dinero, claramente. Pero no es menos cierto que el otro lado está frío y la diagonal de la cama produce cierto vértigo de espacio inabarcable. Dormir en un lado de una cama grande es como utilizar solo un lado de un bote en el mar: puedes volcar. Y después, te puedes ahogar. Miro de reojo ese espacio transformado en un interrogante o en un aviso. Cierro los ojos y caigo dormido porque siempre estoy cansado por algo. Sueño con sándwiches de pavo untados en leche. Sueño con regresar al mar, regresar siempre allí. Al lugar en el que se abre la ría de Muros. Ver el final del mundo, la luz brillante del sol que se despide y las llanuras extendidas detrás del horizonte. Aprender a volar aunque no tenga alas, como cantaba Tom Petty. Regresar allí y compartirlo. Ganas de mar. Qué ganas de mar.

mvallsgordejo@hotmail.com

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