Carrer dels Tallers, 45.

Relato | Manuel Valls Gordejo

Uno. He desechado una vez más hablar acerca de las buenas personas. He estado a puntito de hacerlo. Es este un tema que me tiene preocupado. Me surgen preguntas al respecto, queridas buenas personas: ¿No estáis agotadas? ¿No sentís que vuestros cuerpos se retuercen, que vuestros ánimos no levantan el vuelo? ¿No estáis hartas, definitivamente hartas? Sois buenas personas. Sois tan, tan buenas. Comprensivas, pacientes, generosas, respetuosas hasta la extenuación, atentas, empáticas y, por supuesto, no os enfadáis, es difícil enfadaros porque sois comprensivas, pacientes, generosas, respetuosas hasta la extenuación, atentas, empáticas, etc. ¿Cómo os definen? De manera invariable, como buenas. No sois otra cosa, solo se ve eso. Buenas personas. Estáis cansadas, claro. Escribiré sobre vosotras. Lo merecéis, lo merecemos. Aunque no sirva de nada. Porque las palabras de poco sirven. Aunque nos aferremos a ellas como niños que se tapan con sábanas en mitad de la guerra. Pero, ah, pero, algunos solo tenemos palabras. Nada más.

Dos. El destino no existe. El sino es tan solo una palabra graciosa que afirma y luego niega. Y sin embargo en ciertas ocasiones parece que la suerte nos sonríe. Que el destino existe y es un dios tuerto, medio beodo y graciosísimo antes de la segunda botella porque después se transforma en un monstruo insufrible. Viajé a Barcelona antes de esa segunda botella. Y me encuentro con que mi alojamiento está en la calle Tallers. Y mi cabeza gira en el taxi que nos lleva hasta allí buscando la conexión entre esa calle y algo que está en mi mente, o ha estado en ella, escondido en algún pliegue de mi lamentable memoria.

“El destino no existe. El sino es tan solo una palabra graciosa que afirma y luego niega”

Y de repente, las sinapsis de alguna red neuronal oxidada funcionan y aparece el recuerdo: en la calle Tallers vivió Roberto Bolaño. Cuando llego al número 45 es de noche, muy pasada ya la medianoche, en realidad. Estoy de pie frente a una puerta de barrotes negros y finos, enmarcada con piedra arenisca y vieja. Una casa como tantas hay en el Raval. Discreta, no muy alta. Hay una pensión en uno de los pisos. Hay una placa que habla de Bolaño. Detrás de la puerta hay una escalera blanca que sube. Por allí subió él. Y bajó. A comprar el pan. A dar un paseo. A comprar tabaco. A pensar. A no pensar. Allí arriba escribió. ¡Escribió! Me siento ridículo tocando los barrotes metálicos de la puerta. Me emociono imaginando los pasos del escritor sobre los peldaños de la escalera. Ya lo he escrito alguna vez, da igual, lo repito de nuevo: con cada una de sus páginas quise escribir hasta arder, y con cada una de sus páginas quise dejar de escribir para siempre. Bolaño solo tenía palabras. Y salía a la calle arrebujado en esa sábana finísima para enfrentarse al mal. Como un niño jugando a superhéroes. Como un loco. Es lo que hacen los detectives salvajes, los desesperados, los valientes y los consumidores del mezcal Los Suicidas. Y las buenas personas, claro.

Tres. Lo dijo Thoreau: Simplifica, simplifica. Qué razón tenía. Pero cómo me cuesta.

mvallsgordejo@hotmail.com

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