Bolsas

Relato | Manuel Valls Gordejo

Uno. El escritor está cansado de relatarse, que no de relatar. Pero no puede evitarlo. ¿Qué puede hacer? En realidad, nada, porque esto consiste en sentarse en el borde de la cama, beber el vaso de agua, acariciar una rodilla dolorida, levantarse con esa rodilla dolorida, mear, ducharse, intentar vivir, aguantar, mear, lavarse los dientes, sentarse en el borde de la cama con una rodilla dolorida, tumbarse a un lado de la cama, aguantarse, dormir. Nadie mira. Consiste en poner algo de música para poder dormir. La pone el escritor. Y luego, cerrar los ojos. Y aguantar. En esto consiste. Ah, y en relatar:

Dos. En el metro de Londres viajamos todos. La humanidad completa navega en los vagones del metro de Londres. Es una nueva Pangea subterránea. Una república de repúblicas y reinos. Allí está la gente, toda la gente. Allí celebramos existir y existir con los otros. Hay una mujer hermosa y valiente de pies rotundos que viste unas sandalias ligeras. Otra mujer anciana que podría tener cien años pero que, cuando cierra los ojos y descansa la vista durante unos instantes, parece tener veinte años de nuevo. Y un hombre enorme dormido sobre su propia barriga, aún más enorme que él mismo. Su asiento está rodeado de bolsas que contienen bolsas que contienen a su vez más bolsas. Hay una muralla de bolsas: de papel, de plástico, de supermercados, de tiendas de deporte, de lugares desconocidos para mí. Parecen el resumen de una vida. Parecen una trinchera. Un refugio. Este hombre fue un niño en algún momento. Casi resulta fácil reconocerlo justo antes del punto en el que comienza su alopecia, seguida del pelo cortado al dos. Justo después de la papada enorme que parece establecer una continuidad inquietante con el abdomen abultado. Quién le iba a decir a este niño que acabaría siendo un coleccionista de bolsas.

“La mano de la niña reposa sobre la mejilla del escritor. La mano de la niña absuelve al escritor. Es la mano de Dios que perdona”

Tres. El escritor se da cuenta de que escribe siempre en el último momento. Como un registro del final de las cosas. El último apunte, el del vértigo. Escribir como el último testigo. Diez minutos antes del final. Tan solo diez minutos.

Cuatro. El escritor vigila el sueño de su hija, que ha sufrido una pesadilla. En un par de minutos la respiración de la niña se hace regular y profunda. Él está tumbado a su lado. La mano de la niña reposa sobre la mejilla del escritor. La mano de la niña absuelve al escritor. Es la mano de Dios que perdona. Es el aire templado de las tardes de verano. Es un mundo entero, un universo de perdón y misericordia. Es el descanso.

Cinco. El metro se detiene y el hombre de las bolsas recoge con orden y esmero el muro de papel y plástico. Localiza la puerta abierta con la mirada puesta en un paisaje que no debe ser de este mundo. Sale trastabillando del vagón protegido por su muro. Pienso en lo necesario que es recibir de vez en cuando el perdón. Soltar las bolsas, tumbarse y que una mano pequeña te perdone.

mvallsgordejo@hotmail.com

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