Nadie soporta los espejos

Suicidiario: No me lean | Roberto Moura

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Y tú, que comienzas a leerme, tú, tampoco. Dicen demasiado de nosotros; acusan sobre la edad, señalan la arruga, resaltan las debilidades, potencian los complejos, delatan canas o imperfecciones varias… dan conciencia del pequeño detalle, de un carmín mal perfilado, aquellos granitos, esos pelos, o una inoportuna mancha en la solapa. Los espejos están cargados de verdades que te escupen, insolentes, a la cara, sobre todo, cuando más duele, al despertar. Toma, ahí está. Así eres. Un golpe bajo. Por eso, los espejos, con cuidado.

Vale, que ayuden a enmendarnos, que son necesarios, imprescindibles, para el correspondiente atuse, seguido del acicalamiento. Vale que se conviertan en cómplices forzosos de esa huida que emprendemos de nosotros mismos, de nuestra primera imagen desprendida. Son encubridores silentes de tus ensayos, de tus secretos íntimos, de tus voces, de tus risas, de tus bailes, de tus payasadas, de tus llantos. “Querer ser alguien que no eres es desperdiciar quien eres”, dijo el cantante que se mató. Jugar a ser, nuestro deporte favorito.

Los espejos son crueles, sólo si te asomas, pero aún así, tienen la firme delicadeza de decírnoslo a la cara.

Por eso mejor, los vistazos furtivos que se dedican las mujeres, como de paso, rozando su mirada por el cristal y rebotando, sin llegar a tocar lo expuesto. Esto se hace sencillo si el escaparate muestra algo de su poco agrado, como puede ser una ferretería en rebajas, que a pesar de los estupendos e insistentes precios propuestos en naranja, jamás y nunca llegarán a ser divisados… pero sigamos con la mirada, que se nos pierde.

“Los espejos son crueles solo si te asomas, pero aún así, tienen la firme delicadeza de decírnoslo a la cara”

Ellas miran, como por debajo de las gafas de sol si las portasen o con un leve gesto de mentón y cuello que les procura además de discreción, el perfil adecuado para proseguir la marcha. Los espejos, mejor de soslayo que de frente, espeto. Hay que ser un intrépido para mostrarse desnudo con la luz del techo, varios minutos frente a ellos. O un narciso, o muy coqueta, o un insensato.

Todavía estás de pie, enfrente del televisor encendido, mirando lo que ocurre, sujetándote los pantalones, que echan ya de menos, de inmediato, la reciente ausencia de la apretura del cinturón. Todavía no has caído que nos mienten barbaridades, que nos regalan algodones dulces para tapar gustosamente los oído.

Cuando fui joven, me expandí lo suficiente para advertir que aquel no era el camino, que prefería ser menguante. Determiné entonces seguir ciertas premisas: que lo menos fuera más, que no me inundara de opiniones y bienvenida tú, lo más importante sin duda, de mi vida transcurrida.

La sociedad, el mundo, es el fiel reflejo nuestro, ¿será el verdadero o el acicalado?

No me escriban: suicidiario@hotmail.com

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