Solipsismos

RELATO. MANUEL VALLS GORDEJO

Yo en mitad de todo. Yo y la vida como el abrazo de un tornado. Yo al pie del río con los ojos entrecerrados recogiendo reflejos y ondas y vuelos rasantes de ánades azulones. Y de alguna garceta. Yo como el comienzo de todas las cosas, como el inicio de este mundo, yo creador y exégeta de la realidad, víctima, observador, simple visitante, actor principal pero candidato al Oscar como mejor actor secundario en la película de mi vida. Yo en un parpadeo. Yo en el cruce de caminos esperando al diablo: si lo hizo con Robert Johnson podría hacerlo conmigo, pienso. Unos días después, bajo el sol implacable de la Encrucijada, me aburro de esperar y regreso abrasado y triste. De vuelta en casa me aplico crema hidratante y preparo una limonada que bebo a la salud de Robert, qué suertudo el tío. Yo soy, también, el monstruo. Es interesante comprobar cómo la oscuridad deja de ser un lugar aterrador cuando tú pasas a ser un habitante de ella por derecho propio. ¿Será esto por lo que los adultos dejan de tener miedo a la oscuridad? Si es así, como cantaban El Último de la Fila, no me acostumbro aún a ser adulto. Yo escuchando el chillido de los aviones comunes un atardecer de mayo. Yo asomado al balcón de la casa de mis padres, hace tanto, presintiendo la llegada del verano: ahora encuentro muchas dificultades para sentir su llegada. Yo esperando la energía de activación necesaria para que tenga lugar la reacción química. Yo y la química, tenía que ser la química, la ciencia de las excepciones, no podía haber sido otra. Pero me rindo a la evidencia: es la química, hijo, así me lo dijo mi padre. Y tiene mucha razón. Yo con los ojos cerrados escuchando el zumbido de las abejas en el colmenar. En paz. Yo como el creyente de la religión de la espera. Como el héroe de la espera. Como el protagonista de una novela de Julien Gracq, esperando, siempre esperando. Leí que la paciencia es una planta de raíces amargas pero frutos muy dulces: en efecto, las raíces son muy, muy amargas. Doy fe. Yo, en exclusiva primera persona. Yo solo. Yo sin tú. Yo escuchando las carcajadas del destino que se descojona de mí, llorando de la risa. Yo esperando un favor celestial, solo uno, porque necesito solo uno, de verdad. Yo incapaz de ver más allá de mis propios límites, bueno, para que quede claro, incapaz de ver más allá de mis narices. Yo cayendo. Yo y el amor, que es injusto. Yo poniéndome en pie. Yo recogiendo fresas de nuevo contra todos los elementos. Yo cayendo. Yo desmontando los andamios de lo que fui. Yo poniéndome en pie. Yo frente al mar, exactamente en esa curva de la carretera en la que hay un mirador y siempre suena en el coche una canción de los Waterboys y se abre la ría de Muros y Noia al océano Atlántico. Allí. Oteando la suerte que el horizonte define, la frontera entre lo que fui y lo que soy, entre lo que soy y lo que seré. Yo unos kilómetros más allá, en el interminable acariciar de las olas en la playa. Toda la arena es mía. Toda la espuma es mía. Sentado en la arena, esperando que vengas al mar.

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