Aquella felicidad

RELATO | MANUEL VALLS GORDEJO

¿Te acuerdas de cuando te levantabas para leer un libro y eso era la felicidad? Abrir los ojos una mañana de verano, pronto, cuando la luz atravesaba ya las rendijas de la persiana y se escuchaba el tráfico de las mañanas de julio y el fresco de la madrugada remoloneaba en el aire. Encender la luz de la mesilla y leer. Levantar luego la persiana y leer. Nunca fueron los días tan perfectos, ya lo cantaba Lou, oh it´s such a perfect day, nunca fui tan brutalmente feliz, tumbado, medio desnudo, un niño leyendo sobre las sábanas aún calientes de la noche. ¿Es posible algo mejor?

Cada uno imaginará algo diferente, somos tan jodidamente distintos, pero yo recuerdo apagar la luz con un libro en la mano pensando en levantarme pronto y leer. Qué maravilla la figura de una persona leyendo un libro, aferrado al último clavo ardiendo, a un vórtice de silencio, al centro inmóvil del universo, abrazado al último dragón. Qué perfección estética, qué plenitud de lo bello y lo justo.

La felicidad era salir de la biblioteca municipal de Gabriel y Galán con un libro bajo el brazo, abrasador como el corazón palpitante de una bestia a la que nadie aún ha puesto nombre. La felicidad era tan sencilla. ¿Y ahora? ¿Recuerdas la última vez que paladeaste la felicidad? No la felicidad de comprar en El Corte Inglés o poseer un BMW, que son una fantástica perspectiva de felicidad más allá de las fronteras de uno mismo, por supuesto. Compra, tío, compra, tía, just do it. Está bien, está muy bien. Uno puede ser muy feliz así.

Pero no, me refiero a la otra, a aquella felicidad. ¿Cuándo se estropeó aquello? No lo sé. Quizá la primera vez que pasamos junto a un coche cubierto de nieve y no la tocamos para no mojarnos. Quizá cuando empezamos a dormir la siesta en verano. Cuando un niño pequeño te dice que eres un poco aburrido. Cuando un Click de Playmobil (antes Famobil) pasa a ser tan solo un muñeco y deja de ser Sandokán, o Jim Hawkins, o Batman. El día que dejamos de creer en nuestros proyectos más disparatados.

La felicidad era tan sencilla. ¿Y ahora? ¿Recuerdas la última vez que paladeaste la felicidad?

Cuando empezamos a añorar el mar como el único relato posible de redención y cambio. El día que entendimos que el deber está por encima de nosotros. El día que empezamos a leer whatsapps y creímos que leer… escribiendo en el estado de esa persona es más importante que un amanecer. El día que dejamos la guitarra a un lado para coger los apuntes de álgebra. El día que callamos lo que sentíamos de verdad. La primera vez que tuvimos miedo a fracasar. El día que entendimos que los demás y sus deseos están por encima de nosotros y nuestros deseos. Cuando pensamos que lo que sentimos y nuestros deseos no son buenos porque pueden lastimar a los demás. El día que dejamos de querernos.

Pero yo, hoy, he decidido dejar a Walt Whitman y sus Hojas de hierba en la cabecera de mi cama. Y mañana por la mañana, cuando suene la alarma asesina de sueños, leeré. Y santificaré ese día y los que siguen con versos. Y me ducharé con palabras bonitas y usaré como vestimenta todo lo que siento en mi interior. Creo que de eso hablaba también el viejo Walt.

mvallsgordejo@hotmail.com

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