Fango y sol

Suicidario: No me lean | Roberto Moura

La primavera se entromete en marzo y brota sin permiso, la luna engorda de blanco por la noche y los abrigos, despreciados por el día. Hermosas jornadas regaladas. Las diviso desde una terraza alta, quizá de entre los tres lugares más elevados de Salamanca. Desde aquí, contemplo de medio vistazo la ciudad que nos contiene. Sin mucho esfuerzo, mi vista sobre pasa los últimos tejados, los monumentos más góticos y los edificios públicos más acristalados.

Allá a lo lejos, empuntándome hacia el sur y si el aire es prístino, la montaña consigue, a mi vista, permanecer nevada. Preciosa estampa. Salamanca es menuda. Parece una Salamanca, pero son varias.

Los descuidados extrarradios nada tienen que ver con el mimado centro, tan patrimonio universal y acicalado. La Salamanca envejecida que juega a ser joven. La población autóctona cada vez más senil se mezcla con la rabiosa juventud prestada que dan los años mozos universitarios o sin universitarios. La boina y el banco, la barra y el cubata.

“Mis prioridades están cubiertas, por eso sé que soy un bendito afortunado”

Salamanca es muy tranquila, pero también se mata. Leo poco la prensa, y cuando lo hago la leo poco, titulares, fotos y entradillas. La información cuando es por sobredosis, se convierte en desinformación. Indigesta. Y así andamos todos, rezumando actualidad por nuestros poros, diciéndonos qué debemos opinar y sobre qué asunto está de moda partirse la cara por él, o que te la partan. A mí me encanta no tener ni la más mínima opinión de lo que ocurre, encogerme de hombros, ser informado por el preguntante, escuchar su relato y seguir encogiéndome de hombros, esta vez, ya con más motivos.

Mis prioridades están cubiertas, por eso sé que soy un bendito afortunado. Entre lo poco que tengo y lo menos que necesito, podemos hablar de privilegio. La vida es muy entretenida, todos los días comienza de nuevo y reconozco el reto que supone levantarme de la cama. No vivimos, nosotras, todas las personas, orbitamos. Y lo digo así, en femenino plural, englobándonos a todas. Y a todos.

Estos meses, por razones varias, hube de sumergirme en el fango de la burocracia para solicitar, créanme, cualquier cosa. Y no es cualquier cosa. Me topé con funcionarios molestos, antipáticos y con otros, empáticos, diligentes. Hasta ahí, bien, todo anormal. Al final, como es de suponer, se superan las Siete Pruebas, se lucha contra invisibles ejércitos, se matan dragones blancos y por supuesto, no, no se rescatan princesas, se rescata quizá algún papel, puede que el verde o el rosa, o aquel que estaba debidamente compulsado. Con sellos de todas las confederaciones habidas, hidrográficas, o por haber.

Honré con mi presencia administraciones de todo tipo para asuntos menores y me recibieron, inmerecidamente, ciertas celebridades varias. Está siendo duro. Iré empujando carritos de paciencia, habré de conseguirlo. La libertad no existe. Hay que ver, la de gente que sujeta tu vida, la impide, o te la amarra.

Menos mal que tú, que me deslías.

No me escriban: suicidiario@hotmail.com

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