En sus trece

Suicidario: No me lean | Roberto Moura

Disponiéndome a articular esta mañana mi pequeño espacio mensual en el que ni ya susurro lo que ocurre por mi vera, me encuentro con la grata sorpresa de unos regalos hacia mi persona, estupenda e ingeniosamente presentados, en el lugar donde debiera de sentarme. Porque, esta semana, el periódico y yo sumamos un año más a nuestras trayectorias existenciales. Mi regalo más apreciado de entre todos es la personita que me los concede. Bienaventurado soy por compartir con ella los días que me llevan.

El periódico sigue en sus trece. Un año más. Felicidades. Y yo le felicito por seguir haciendo su labor como el primer día, con una inapreciable dedicación a pesar de los pesares, ofreciendo en sus páginas amenidades de todo tipo, con su cercanía habitual… menos política, por supuesto, que todo lo separa y lo enmarrana. Enhorabuena por el trabajazo que sé que portáis en vuestras espalditas y que el amable lector no advierte. Encomiable.

Trece años. No soy supersticioso, ni lo más mínimo. Si lo fui, debiera remontarme a la primera adolescencia, donde creía, como hace un buen supersticioso, que dos acontecimientos están unidos tan solo por el hecho de trazar una línea racional entre ellos. Uniendo los puntos,tratando de reducir la totalidad en una frase más o menos abarcadora de verdades prefijadas, tatuadas, manidas o inventadas. No, nada trae ni quita la mala suerte.

Mi vida sigue igual, en mis trece también, pero con cambio numérico incluido. Uno llega a una edad en la que, se presume, debiera convertirse en un señor para los jóvenes y yo me siento aún, demasiado joven para los señores.

“Uno llega a una edad en la que, se presume, debiera convertirse en un señor para los
jóvenes y yo me siento aún demasiado joven para los señores”

Sí quiero. Claro que quiero correr o andar, reptar contigo una carrera impopular de dos dorsales solamente, una de media distancia o de largo recorrido, e iremos viendo y calibrando las lesiones que suframos. Podremos pararnos también a descansar y contemplar el mundo desde un duro banco de piedra a un mullido sofá de espuma, o mirar hacia otro lado. Yo hacia el tuyo y tú hacia el mío, si quieres, que sé que quieres. Aunque nosotros seamos más de colchón y estar desnudos, debo callarme, no dar detalles que, a estas horas, puede que haya niños leyendo y, sobre todo, padres.

Sí, sí quiero. Claro que querré bailar bailes de salón tumbados, haciendo piececitos, encantados y embailados de habernos conocido. Desde elegantes entrelazamientos de tango, a obscenos movimientos del perreo más chabacano. Bailaremos de la A a la jota. Bailaremos pegados también, pero en horizontal, reclamo, no hay tiempo que perder y cada vez que dejo de abrazarte es una pérdida del mío. Y sin firmar un documento, ni mediar un previo aviso bailaremos este bolero tocándonos las maracas, naciendo y matando al mismo tiempo, el compromiso.

Nunca quise tener alas para volar alto, solo quisiera sacarme las piedras de los bolsillos para andar ligero.

No me escriban: suicidiario@hotmail.com

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