Un jubilado salmantino cosecha una calabaza de más de 80 kilogramos

El dueño de este producto tuvo que sembrar hasta en tres ocasiones porque los conejos se comían la planta y sólo ha utilizado agua y abono para este cultivo ecológico

Adolfo Hernández y su calabaza de más de 80 kilos.

La provincia de Salamanca es rica en productos agroganaderos, aunque no lo es tanto en horticultura, pero eso no ha sido impedimento para que un jubilado haya cosechado una calabaza de más de 80 kilos en Galindo y Perahuy.

Hace unos 24 años que Aldolfo Hernández dedica su tiempo libre a la horticultura. En su huerta cultiva patatas, coliflores, cebollas, ajos, árboles frutales, pimientos, pepinos, zanahorias, escarolas, remolacha de mesa, tomates, laurel, hierbabuena… y el producto estrella de este año: calabazas de un tamaño fuera de lo común. “Cuando pasé un día a regar me di cuenta de que no era normal y se lo dije a mi nieto, que viene a pasar un rato conmigo los fines de semana y, desde entonces, no se lo hemos dicho a nadie. Era nuestro secreto”.

“Mi nieto y yo hemos guardado el secreto”

Adolfo Hernández y su nieto Francisco.

“Las semillas me las regalaron, dicen que las pipas son originarias de Perú, pero yo sólo sé que tuve que sembrar hasta en tres ocasiones, desde mayo hasta junio, porque hubo una plaga de conejos y se lo comían todo. La siembra fue muy mala”, indica Aldofo, quien, aparte de esta calabaza, tiene otras de más de 30 kilos de peso. “El terreno es bueno pero eso se consigue a base de trabajarlo”.

“Sólo uso agua y basura, esto es todo ecológico”

Asegura que no le echa más que agua y abono. “No uso nada especial, sólo basura, ni siquiera productos fitosanitarios. Esto es todo ecológico”, comenta. “A mí no me gusta ir al bar, me gusta venir aquí y el secreto está en mimar el huerto y en poner mucha ilusión”, desvela el agricultor en funciones, quien además tiene en su haber calabacines de medio metro y, el año pasado, cosechó tomates de dos kilos. “No hay atajo sin trabajo”.

“Ahora hay que dejarla madurar y cuando esté a punto, la cortamos. Y lo que no quiera la familia (porque hay para mucho), la regalaremos”, cuenta.

Adolfo, de 76 años y natural de Guijuelo, ha trabajado desde los 7 años en multitud de oficios: guardando ovejas, en la construcción, en un comercio propio etc.; incluso, se marchó en dos ocasiones a Suiza “para ganar dinero; había que ganarse el pan”, confiesa. “Ahora ya no es como antes, antes trabajabas de lo que fuera porque muchas familias pasaban hambre y, gracias a Dios, a la mía no le ha faltado. Ahora que llega el invierno sólo vengo a la huerta algún día entre semana y los sábados o domingos. En verano, estamos siempre en el pueblo porque se está mejor que en la ciudad”, explica.

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