“No me hace falta la vista para arreglar un motor”

A Leopoldo Vicente no le frena nada, ni ser ciego ni su veteranía. Trabaja a diario en su taller de Valdecarros como mecánico; una vocación que realiza como pasatiempo y le sirve para ayudar a todo aquel que requiera de sus servicios

Leopoldo Vicente González pasa buena parte del día en su taller de la localidad salmantina de Valdecarros.

Quizás cuando una persona se queda completamente ciega desarrolla un sexto sentido, al igual que ocurre con la sensibilidad de nuestros mayores. Quizás algunos evolucionan más allá de ese sentido al enfrentarse una ‘prueba de vida’ de estas dimensiones. Y quizás hasta habría que cambiar el vocablo ‘discapacitado’, porque el hecho de tener alguna barrera no les resta capacitación, y algunos de ellos incluso desarrollan ciertas habilidades mayúsculas. Éste es el caso de Leopoldo Vicente, un vecino de la localidad salmantina de Valdecarros que no puede ver, pero arregla tractores casi como un mecánico profesional.

“Cuando la gente me trae algo para que se lo arregle, siempre les digo que tardo algo más que alguien que se dedica a ello; les aviso, pero si no les corre mucha prisa, no les importa. Es por echarles una mano, y aunque no les cobre nada, me entretiene y me gusta”, confiesa Leopoldo mientras que continúa con uno de los trabajos actuales: acabar un tractor “al que solo le faltan las lunas y una mano de pintura”.

Hace ocho años, aproximadamente, Leopoldo Vicente perdió por completo la vista: “Nunca vi demasiado bien y cada vez fue a peor. Incluso llegaron a operarme en una clínica en Barcelona, pero aquello ya no tenía solución y, desde entonces, no veo nada”.

Confiesa que “no es que fuera duro ni complicado, fue lo siguiente”, pero que “no quedaba otra y había que seguir hacia delante”. Fue entonces cuando volvió a refugiarse en la mecánica, ya que siempre le había gustado, y ahora “sólo tenía que adaptarse a su nueva condición”. “Es más el querer que el ver”, sentencia para demostrar que “no hay ninguna barrera que el hombre no pueda superar”. Más que una ‘adaptación’, Leopoldo Vicente tiene un don, porque toca y ya sabe lo que le pasa a un motor.

Autodidacta

El padre de Leopoldo tenía una herrería donde él comenzó como aprendiz, y pronto, tras superar los secretos de la fragua, empezó a preguntarse cómo funcionaban los mecanismos. A sus 15 años, su padre compró una cosechadora para trabajar para terceros; “a veces daba fallos, y si una máquina en plena campaña no funciona es un trabajo que se pierde, así que tiene que estar lista lo antes posible para seguir trabajando”.

Así, Leopoldo se convirtió en un autodidacta de la mecánica y, en sus ratos libres, desmontaba y volvía a montar los entresijos de los vehículos hasta dar con la forma correcta y la solución a los problemas que iban surgiendo.

Huérfano de madre, perdió a su padre también, pero no se desligó del sector, pues comenzó a trabajar ayudando a su cuñado en la agricultura y, en la actualidad, a su sobrino.

“Ahora hay un mecánico en Valdecarros, pero antes no había y todo el mundo recurría a mí”, comenta. “La gente de fuera no se cree que repare esto, menos los de mi pueblo, que ya están acostumbrados. Muchos vienen a ver cómo trabajo, incluso una vez vino el jefe de unos mecánicos y me hizo fotos para llevarlas como prueba a sus empleados”.

“Es muy fácil reparar según qué tipo de cosas porque sólo llevan una posición, y es de esa forma, o de ninguna; entonces es imposible equivocarse”, añade. En general, la maquinaria agrícola es su especialidad y una de sus pasiones para ‘meterle mano’ y dejarla como nueva, y Leopoldo asegura que puede tratar cualquier tipo de vehículo.

Lo peor, la caja de cambios

“Yo no sé de todo; si tengo alguna duda, pregunto a algún técnico”, asegura, antes de confesar que “lo más fácil” es arreglar un motor: “He montado de cero muchos”. Lo que le resulta más difícil es la caja de cambios “por los piñones”, y también le lleva más tiempo arreglar los sistemas eléctricos.
Acostumbra a estar solo y a moverse con ‘su GPS’ –así llama a su bastón– sólo cuando sale del pueblo. Por sus manos han pasado decenas de vehículos, y asegura que “mientras no se rompa el bloque, porque entonces sí que no hay solución, el resto tiene arreglo”.

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