La Casa Santiago Uno saborea la “increíble esencia” del proyecto ‘Llenando escuelas’

El centro acoge una fiesta en la que los participantes en este proyecto solidario compartieron con los asistentes su intensa e inolvidable experiencia en Marruecos

Dos meses para vivirlo, un día -muy especial- para compartirlo. En julio y agosto, una veintena de chicos y chicas de la Casa Escuela Santiago Uno, junto a educadores y voluntarios, permanecieron en el sur de Marruecos dentro del programa Llenando escuelas, un proyecto de cooperación que desarrolla desde hace una década el centro salmantino con la asociación local Doutourirte.

En una escuela de Idegh, en la provincia de Tiznit, los participantes, organizados en quincenas, colaboraron en tareas de rehabilitación de las instalaciones, ofrecieron innumerables talleres y sesiones de Formación Profesional básica, cocinaron y realizaron infinidad de juegos, actividades y dinámicas de animación para disfrute de grandes y pequeños.

Este jueves, algunas semanas después de aquello, recordaron la intensa experiencia y la compartieron con quienes asistieron a una fiesta en la que se celebró el compromiso, la solidaridad, la integración, el voluntariado… Y, sobre todo, el encuentro. Algo fundamental “en estos tiempos que corren, de desencuentros y prejuicios”, como se destaca desde la Casa Escuela Santiago Uno.

No faltaron los talleres de escritura árabe, danza y gastronomía tradicional marroquí. No faltaron las anécdotas y, como sucede en toda celebración que se precie, no faltó la comida más típica de esta cultura, a la que precedió uno de los momentos más emotivos de la jornada, la presentación del vídeo con el montaje fotográfico que da cuenta del trabajo realizado durante el verano en el marco de este proyecto de cooperación ya consolidado.

De esa labor también hablan las cartas de algunos de los jóvenes que han pasado en Marruecos un verano de compromiso y descubrimiento. Algunas se leyeron en la fiesta de este jueves, y sirvieron para que los asistentes conocieran, a través de vivencias y emociones como las que siguen, “la verdadera esencia” de Llenando Escuelas:

MARRUECOS 2017

LLENANDO ESCUELAS

Todo comenzó el 1 de julio de 2017. Me iba a Marruecos junto a 19 chic@s de la Casa Escuela Santiago Uno, mi escuela, mi casa.

Estaba muy emocionada. Una nueva experiencia en mi vida. Tenía muchas ganas de ir, después de todo lo que me habían contado de esta experiencia.

Bajando al pueblo donde íbamos a estar esos dos meses, fui conociendo ciudades como Tánger, Marrakech, Agadir… Cuando llegué al pueblo de Idgh, me impresionó, ya que en el colegio donde he estado todo el verano sólo había cuatro salas.

Cuando comenzamos a hacer la pista, al principio a todos nos costó un poco, pero a medida que avanzábamos, nos íbamos acostumbrando al calor y al cansancio. Construyéndola, me divertí mucho y descubrí a muchas personas, personas que te echaban una mano si no podías con la carretilla, personas que te traían agua, personas que te decían “Siéntate un rato, ya sigo yo”.

En Marruecos conoces a las personas desde otro punto de vista. Con los educadores mejora la relación y fortalece la confianza, 15 días solo para nosotros.

Esos dos meses que pasé en Marruecos junto a mis compañeros descubrí la increíble esencia de este proyecto: el formar parte de algo tan grande; el ayudar a los demás sin nada a cambio; el provocar sonrisas a niños que no tienen nada; el compartir; el poder conocer otras culturas desde tan adentro; el respeto: el valorar todas las cosas que tenemos, ya que ellos no tienen ni la mitad y, a veces, nos quejamos de lo que tenemos; el trabajar día a día superando nuestras debilidades; el estar todos juntos apoyándonos; la alegría que sientes cuando ves a todos los niños aprender, y tú con ellos; las caras de felicidad de los niños al tirarse por el tobogán y al montarse en los columpios… Aprendes a conformarte con lo que tienes, y que puedes ser feliz con poco.

Y lo que me he traído yo, conmigo, son todas las sonrisas de esos niños tan increíbles, la capacidad que tienen para aprender, pero por falta de recursos no pueden; sus ganas de ir a la escuela; la ternura con la que nos venían a abrazar cuando nos veían. Y, sobre todo, con esta hermosa sensación de haber ayudado a esos pequeñines a mejorar su infancia.

Los niños de ahora ya no sonríen al ver un columpio o un tobogán, solo sonríen enfrente de una televisión.

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