Salmantinos en el epicentro del terremoto

Elena García, Belén Santos y José Daniel Muñoz cuentan, desde la capital mexicana, cómo han vivido el seísmo y cómo se están enfrentando a las consecuencias de una catástrofe natural de tan grandes dimensiones

Una decena de españoles residentes en México DF continúan desaparecidos tras el fuerte terremoto que hizo temblar la capital el pasado martes y que deja ya cifras escalofriantes de desaparecidos, 230 personas. Como una macabra broma de la naturaleza, el 19 de septiembre la tierra sacudió Centroamérica otra vez, 32 años después de aquel fatídico día en el que diez mil personas perecieron bajo los escombros de los miles de edificios que derrumbó un terremoto salvaje, el de 1985.

Con la sombra de la tragedia y la certeza de que volverá a ocurrir viven el pueblo mexicano y también los miles de españoles que residen allá. Pero uno nunca está preparado para este momento. Ni los simulacros, ni los protocolos de actuación, ni siquiera la memoria colectiva… Nada iguala a la realidad.

A José Daniel Muñoz, salmantino casado con una mexicana, el temblor le pilló bajo tierra; viajaba en el metro (en la foto) para llegar a tiempo a recoger a su hija. “Me dirigía a buscar a mi hija al colegio, abordé el metro como todas la mañanas. Seis paradas desde la estación Juárez hasta Eugenia. En mitad de la cuarta parada, los sistemas eléctricos dejaron de operar y segundos después, notamos que el vagón empezaba a moverse como un péndulo hasta casi descarrilar, si no es porque el maquinista frenó de golpe para evitarlo y todos nos movimos al lado contrario para contrarrestar el peso instintivamente. El vagón se asentó en la vía, veía el miedo reflejado en las caras de las personas; en mi caso, quizá pánico”, relata.

Una vez que se estabilizó el metro, empezó el nerviosismo. “¿Mi hija, mi mujer, la familia, cómo saldré de aquí y cuándo…? Es el peor temor en esos momentos, no saber nada, no tener conciencia de qué va a suceder, cuánto tiempo iba a estar ahí y si saldría. Se oía cómo se derrumbaban partes de la estructura del metro”.

La prioridad de Daniel era recoger a su hija, pero para ello fue necesario retirar los cascotes que impedían la circulación del vagón. Mientras habilitaban la vía, se respiraba calma, asegura, “y eso denota la experiencia que tienen en este tipo de situaciones”.

Cuando al fin llegaron a la siguiente estación, decidió apearse y continuar a pie. La imagen, al emerger, recuerda que fue dantesca: “Ya en los pasillos del metro podías observar cómo el suelo estaba levantado y destrozado. Pero cuando salí a la calle… fue un shock. Yo tenía que ir por a mi hija y no podía coger taxi, metro, metrobús… Hasta que un buen hombre me gritó desde su furgoneta que hacia dónde me dirigía y me pude subir al vehículo (en la imagen). Había más personas dentro, llorando e incrédulas ante la situación. Habían visto caer edificios y varios fuegos por fugas de gas”.

Explica José Daniel que lo peor fue llegar a la calle del colegio de su hija y ver el edificio contiguo completamente colapsado. “Ese momento no puedo describirlo. Afortunadamente, mi hija y todos los niños estaban bien; asustados, pero sanos y salvos”.

Pudieron regresar a casa en metro, abarrotado de personas. Al llegar a su edificio, les impidieron el acceso por precaución, aunque ya estaba mucho más calmado. “Ahí fue cuando pude hablar con mi mujer por mensaje, porque las comunicaciones estaban colapsadas y no funcionaban. Mi esposa pudo llegar a casa seis horas después”. Esta experiencia se ha grabado a fuego en su cabeza.

“Hoy el pueblo de México está destrozado, pero se levantará como siempre ante estas adversidades”, declara. José Daniel se siente afortunado por poder contarlo. “El problema vendrá también con las lluvias. Pueblos enteros derrumbados. Hay muchas zonas en la ciudad por donde no se puede circular por desplomes. Incluso en las grandes avenidas”.

Elena García

Elena, también salmantina, estaba en la Universidad, al sur de Mexico DF, cuando sonó la alarma. “Salimos de las instalaciones y vivimos el temblor. Fue muy fuerte, nos hizo presagiar lo peor, que en el centro de la ciudad tenía que haber sido una catástrofe”, explica. A continuación, comenzaron las comunicaciones. “Lo primero que pensé fue en llamar a España; empezaron a circular los whatsapp, que ha sido el modo de contactar con mi marido y saber que mis hijos estaban bien”, recuerda mientras lee otro mensaje. “Me están diciendo que acaban de encontrar a un amigo que permanecía desaparecido”, respira aliviada.

Elena García trabaja con la Fundación Casa España en México, entidad que está en contacto directo con la embajada española para atender a los españoles expatriados. “Ahora nos encargamos de localizar a los españoles desaparecidos, que son una decena todavía”, señala.

Hoy sólo saldrán de casa para acercarse al supermercado. Ante la perspectiva de que se agoten los alimentos, intentarán almacenar lo que puedan para los próximos días. Su vivienda se encuentra al norte, que no está tan afectado como el centro, “aunque hay varios edificios en peligro de derrumbe, sobre todo después de las lluvias de anoche. Las labores de rescate se están complicando”.

Belén Santos tomó estas fotos el pasado miércoles en México DF.

Belén Santos

Belén Santos, bibliotecaria, lleva 18 años en Ciudad de México, los suficientes para estar acostumbrada a los movimientos sísmicos y al protocolo establecido en torno a ellos; sobre todo, después de lo ocurrido en 1985. Ella no lo vivió, pero se ha empapado de esa memoria colectiva y ahora ha sentido en su propio cuerpo lo que sufrieron los mexicanos hace 32 años. “Voy a salir a la calle con cubos para ayudar a sacar escombros, tenemos que ayudar en todo aquello que podamos, recalca Belén un día después, muy afectada por los acontecimientos. Hay muchos edificio rajados en la zona de la Condesa en la Narvarte. Donde yo vivo, hay seis bloques en el suelo y muchas casas derrumbadas”.

A Belén, el terremoto la pilló en una antigua casa del siglo XIX, trabajando. “Salí en dos minutos”, relata. Dos horas antes había participado en un simulacro. Relata que comenzó a llamar a toda la gente conocida y se echó a andar muy nerviosa, durante 45 minutos, observando cómo había quedado la ciudad.

“Mi mujer estudió en la escuela que se ha derrumbado”

José Daniel, con un nudo en la garganta, detalla que esa escuela en la que ha muerto una treintena de niños fue donde pasó la educación Primaria su esposa, María Elena, que ha querido hacernos llegar estas líneas:

En 1985, México sufrió el peor terremoto de su historia. Como una mala coincidencia, 32 años después, el mismo día (19 de septiembre), las generaciones que vivimos ese momento no pensamos volver a ver las mismas imágenes; tristemente, ocurrió.

Con gran pesar, el colegio donde estudié mi educación primaria es noticia en todo el mundo al haberse colapsado con cientos de niños dentro. El escenario es desgarrador por sí mismo; nadie está preparado, pero sacando fuerzas de flaqueza, la gente y autoridades han hecho hasta lo imposible por ayudar a rescatar a la mayoría de ellos.

Aún recuerdo que hace 32 años llegué al colegio y nos informaron de que las clases habían sido suspendidas; por suerte, ese día no pasó nada. Hoy mi querido Colegio Enrique Rébsamen es la cara más triste del terremoto, no hay palabras.

“Tenemos todo listo por si hay que salir corriendo de nuevo”

Cuenta Elena García que vivir con la amenaza constante de terremoto te obliga a tener tus propios métodos para estar alerta. “Aunque en caso de temblor hacen sonar una alarma para avisar de evacuación a toda la población, en cada casa se las arreglan para tener sus mecanismos. Por ejemplo, nosotros colocamos una cacerola al borde de la encimera de la cocina. Al menor movimiento, caerá a suelo con un gran estruendo que nos despertará si estamos durmiendo. Ése es el mayor peligro, quedarse dormido durante un terremoto”, dice. Y si necesitan salir corriendo, ya tienen preparadas las zapatillas de todos los miembros de la familia. También una mochila con útiles imprescindibles, por si tienen que pasar algún tiempo fuera de casa.

“Supimos que estaban bien a los cinco minutos por whatsapp”

Sagrario y su marido pasaron toda la madrugada del miércoles en vela. Al anochecer, su hijo Ignacio Javier Martín, afincado en Ciudad de México desde hace un cuarto de siglo, les envió un mensaje a través de Whatsapp en el que leyeron: “Temblor”. Cuentan que un ratito antes habían estado charlando con él, les explicó que habían realizado un simulacro, como todos los 19 de septiembre.

Todos los compañeros de trabajo habían salido a la calle y, para recordar el momento, se hicieron una fotografía. Poco después el escenario se había transformado, la sacudida convirtió la simulación en una verdad, una terrible verdad.

El lugar de trabajo de Ignacio está en pleno centro, la zona más perjudicada. “El terremoto de hace quince días les pilló en casa”, apostilla Sagrario, quien cuenta que ellos mismos vivieron un terremoto de siete y pico, en una de las visitas a México. “Es una situación muy desagradable y extraña. Te sientes muy desprotegido e indefenso”, señala.

La esposa de Ignacio trabaja en un colegio y afortunadamente no han sufrido daños, sin embargo, les ha contado que los niños se pusieron muy nerviosos.

“Por suerte, las comunicaciones a través del móvil no se han desplomado y hemos podido seguir todas las noticias de primera mano, prácticamente al minuto. Esto da mucha tranquilidad”, explica la salmantina.

Por whatsapp se enteraron de que rápidamente, cuando supieron que unos y otros estaban a salvo, salieron a la calle a colaborar, a ayudar. “Ellos están muy concienciados y saben que toca levantarse y empezar de nuevo. Así es la vida allí y tenemos que aceptarlo.

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