Salamanca ‘salva los muebles’ en investigación biomédica

Años de recortes en inversión y una más que cuestionable apuesta gubernamental por la ciencia como motor de desarrollo hacen que la labor investigadora se sostenga gracias a una vocación que no se deja vencer por la incertidumbre ni por la precariedad

La investigadora Carolina Vicente, en el CIC.

Dicen que las comparaciones son odiosas, quizás porque a menudo dejan en evidencia verdades que duelen o porque en el cotejo alguien sale perdiendo. Pero puede que no todas las comparaciones sean injustas, y puede también que incluso se hagan necesarias si quien pierde en la confrontación es la sociedad y su futuro. Ahí va una de esas: entre los años 2009 y 2016, la inversión pública en I+D+i creció en Alemania un 35,7% y en Reino Unido, más del 29,2. En el conjunto de la Unión Europea, el aumento medio en este periodo fue del 17,5%. Y entonces llega el dato de España, donde la inversión en investigación e innovación cayó un 12,6% durante los mismos años. Y la comparación ‘odiosa’ se convierte en comparación demoledora, dolorosa… inquietante.

Según datos del INE, mientras que la economía española creció un 3,3% en 2016, el gasto en I+D lo hizo apenas un 0,7%, situándose en torno al 1,19% del Producto Interior Bruto (PIB), frente al 1,22% del año anterior y a casi la mitad de la media europea, que supera el 2%. Si a estas decepcionantes cifras que hacen menguar año tras año las convocatorias para que los investigadores accedan a fondos con los que financiar sus proyectos se suman los raquíticos mecanismos existentes para la estabilización de los científicos y sus proyectos, unas reducidísimas tasas de reposición de empleo público para investigadores y la incesante sangría de talento hasta el exterior, entre otras complejas circunstancias, el panorama no es “nada alentador”.

Actualmente el IBSAL actúa como instituto coordinador de cerca de 650 investigadores

Así lo confirma el director científico del Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca (IBSAL), Rogelio González Sarmiento, que plantea en pocas palabras lo que nos espera si la tendencia no cambia: “Que el nivel de la investigación en España retroceda al de los años 60 del siglo pasado”. En aquel momento, la situación científica del país dependía “de que investigasen otros”. Aquella realidad comenzó a cambiar cuando empezó a considerarse “un valor añadido” salir al extranjero para ampliar la formación y la experiencia de los investigadores y recuperar después ese talento mejorado. “Ahora no sólo no les animamos a volver, sino que les ponemos alfombra roja para que se vayan. Estamos formando a buenos profesionales para que los aprovechen otros países”, señala el reconocido científico. Aporta numerosos ejemplos de esta especie de desidia oficial.

Frustración

El director científico del IBSAL, Rogelio González Sarmiento / FOTO: Dicyt

“También los médicos investigan, pero aquí la actividad investigadora de un MIR no cuenta nada. Recibe más puntos por estar un año en la bolsa de empleo que por pasar un año formándose en EEUU. Al final resulta frustrante hacer tanto esfuerzo para terminar en el paro”, cuenta.
Desde su nacimiento, en 2011, el IBSAL integra la investigación biosanitaria que se desarrolla en Salamanca a través de los distintos centros (hospital, equipos de Atención Primaria, facultades y departamentos biosanitarios de la Universidad, Instituto de Neurociencias de Castilla y León, Centro de Investigación del Cáncer…). Actualmente actúa como estructura coordinadora de entre 600 y 650 científicos, de los cuales cerca de 200 son becarios o jóvenes investigadores que, por lo general, desarrollan su labor “a término”, lo que quiere decir “que no se les ofrece nada cuando acaban sus proyectos”. Con suerte y, sobre todo, si demuestran resultados “genuinos”, van logrando financiación de aquí y de allá para periodos que no suelen superar los tres o cuatro años.

Los recortes y la trabas llegan por todos los frentes. Este año, la convocatoria de fondos propia del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) se ha reducido en 10 millones. En 2017 fueron 30 millones menos. El Programa Miguel Servet, que ofrece ayudas para la contratación de investigadores en el área de biomedicina en centros del Sistema Nacional del Salud (SNS), se redujo el pasado año “de manera drástica”, y no existen mecanismos eficaces para atraer talento investigador. En este escenario, Salamanca ha logrado al menos “mantener el nivel” durante los últimos años. En estos momentos, desde el IBSAL se coordinan “entre 70 y 80 proyectos”, algunos de ellos de gran relevancia y alcance europeo, como el Harmony, que cuenta con una financiación de 40 millones de euros para ‘dibujar’ el mapa europeo de los tumores hematológicos. “Estamos manteniendo el tipo; mantenemos el número de publicaciones, el factor de impacto… Y en algunas áreas somos punteros todavía, como en terapia celular, hematología, alzheimer…”, apunta el director científico del IBSAL.

Futuro incierto

“Lo cierto es que existe una masa crítica de investigadores senior y jóvenes que podrían hacer de Salamanca un referente nacional en investigación biomédica, pero nos tenemos que conformar con salvar los muebles”, lamenta el director científico del IBSAL, quien reconoce confiar poco en las buenas intenciones políticas.

“Si se consiguen resultados sin tirar la toalla es porque el investigador, como el médico, es vocacional, así que al final sigue sacrificándose y haciendo su labor porque cree que es lo que tiene que hacer y asume el reto de intentar que no se vaya todo al garete. Pero si esto no cambia y las trabas y recortes van apagando la vocación habrá que cerrar el negocio. Y acabaremos pagando patentes y royalties a otros países por investigaciones realizadas por científicos españoles que hemos dejado marchar”, advierte.

SEIS ÁREAS

Desde el Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca se coordinan numerosos grupos de investigación estructurados en seis áreas: Cáncer; Cardiovascular; Neurociencias; Enfermedades Infecciosas, Inflamatorias y Metabólicas; Terapia Génica y Celular y Trasplantes y Atención Primaria, Salud Pública y Farmacología.

SIN FUNDACIÓN

González Sarmiento recuerda que el presidente de la Junta de Castilla y León prometió en su discurso de investidura crear una fundación específica para la gestión del IBSAL y sus fondos (unos 5 millones de euros al año), que ahora se realiza desde Soria, donde se encuentra la sede del IESCYL (Instituto de Estudios de Ciencias de la Salud de Castilla y León). De momento, “la fundación  no existe ni se la espera”.

Una carrera bajo la espada de Damocles

Un contrato Miguel Servet hace que María Delgado y Carolina Vicente se sientan ‘privilegiadas’ pese a la evaluación constante

La investigadora María Delgado Esteban.

Carolina Vicente Dueñas tiene 38 años. Empezó a investigar hace 14, cuando cursaba cuarto de Bioquímicas. María Delgado-Esteban, de 42 años, estudió Biología e inició su carrera científica hace dos décadas. Ambas son investigadoras del IBSAL y pertenecen a la misma promoción del Programa Miguel Servet, por lo que en cierto modo se sienten “privilegiadas” por su contrato, aunque no les garantice la estabilidad. Aunque estén en permanente evaluación para demostrar resultados excelentes que les permitan mantener los fondos y evitar así que un trabajo de años caiga por la borda. A pesar de tener que compaginar sus experimentos científicos con la puesta en marcha de líneas de investigación independientes para las que deben buscar financiación.

Coinciden al asegurar que la vocación puede con la incertidumbre. “Nunca he pensado que fuera una mala decisión ser investigadora, aunque sí te planteas a veces si vas a poder seguir. A pesar del esfuerzo y la inestabilidad, me gusta lo que hago, porque permite mucha creatividad y cierta libertad, y es muy satisfactorio que un experimento te salga y te permita ir entendiendo mas cosas”, explica Carolina desde el laboratorio del Centro de Investigación del Cáncer en el que trabaja para desvelar los ‘secretos’ de las leucemias infantiles.

En el Instituto de Biología Funcional y Genómica (IBFG), María Delgado indaga en los de la tolerancia isquémica en busca de claves que faciliten el descubrimiento de dianas moleculares frente a las enfermedades cardiovasculares o neurodegenerativas. “Ahora tengo un contrato Miguel Servet, pero no me proporciona estabilidad. Si no eres productiva en publicaciones y proyectos genuinos que den resultados positivos se acabó, y la evaluación es continua”, cuenta. Una espada de Damocles constante, “así es la carrera científica”.

“Es duro y lo sabes, pero este trabajo ‘engancha’. Dedicamos mucho tiempo, no fichamos, no hay sábados, domingos ni festivos, porque en un experimento las células no esperan. Pero nos gusta mucho, y eso es peligroso, porque quienes toman las decisiones se aprovechan de ello”, añade.

Carolina Vicente (izquierda) y Sara González de Tena Dávila, en el laboratorio del CIC.

Las dos aseguran que muchos “se quedan a las puertas” a pesar del sacrificio, algo “dramático para la persona”, pero quizás no tanto para quienes gobiernan, que parecen tener “un casco insonorizado” que les aísla de esta realidad.

Leucemia infantil

El pasado año, Carolina Vicente recibió un premio de la Fundación Lady Tata dotado con 40.000 euros para explorar nuevas estrategias que prevengan el desarrollo de la leucemia infantil. En este campo, trata de entender el desarrollo de “clones preleucémicos”, células “en apariencia sanas que tienen algún defecto genético que las hace susceptibles de convertirse en tumorales”. Forma parte del Grupo Células stem, células stem cancerígenas y biología del cáncer del IBSAL.

Tolerancia isquémica

Vinculada al IBSAL también con un contrato Miguel Servet, María Delgado Esteban acumula una amplia experiencia en el estudio de la tolerancia isquémica, una intensa labor que ha dado como fruto prometedores avances hacia la búsqueda de dianas moleculares frente a distintas patologías relacionadas con la isquemia, como son las enfermedades neurodegenerativas y el ictus.

Sara González de Tena-Dávila

Mientras disecciona un ratón en la mesa del laboratorio, esta joven de 23 años (en la imagen, a la derecha) cuenta que investiga, dentro del mismo grupo que Carolina Vicente, gracias a una beca predoctoral, que estudió Biotecnología y que realizó un Máster en Biología y Clínica del Cáncer. “Sé que lo difícil está por llegar, que lo peor viene ahora. Lo que me preocupa es enfocar bien mi carrera científica, y eso depende de la financiación, pero confío en que así sea”, explica.

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