Un olivo y cuatro higueras

Antonio López ha conseguido que los árboles que plantó en la calle Los Cisnes se mantengan en el nuevo diseño urbanístico

A un hombre de campo el asfalto y las cuatro paredes le vienen grandes. Necesita espacio donde pueda ver cómo crece el verde y donde lo más vertical del paisaje sean los troncos de los árboles. Necesita escuchar el viento al mover las hojas y percibir cada día el centímetro de más de los tallos de su cosecha.

Ese hombre podría ser Antonio, Antonio López Navarro, al que el deje le delata su origen serrano, de Valero, para ser exactos. Hace muchos años ya que dejó aquel “paraíso” y se asentó cerca de la capital, en una finca que trabajó con sus propias manos. Hoy vive en la ciudad, sale a pasear y juega la partida en el hogar de los jubilados. También se encarga de vigilar sus árboles, un olivo y cuatro higueras, que puede contemplar desde su ventana. Los plantó hace seis años, en la calle Los Cisnes, en el barrio de San Bernardo. Tras los cristales comprueba si el hielo o el sol queman sus hojas, si algún incauto los perturba o, simplemente, disfruta contemplando el ciclo de su vida. “Me los regalaron unos vecinos que tienen olivos e higueras. Los planté para poder ver algo de naturaleza desde casa”.

Estos días, sus árboles le han quitado el sueño. Las obras de reforma de las plazuelas del barrio de San Bernardo, que acomete el Ayuntamiento, afectan también a esta calle. La urbanización de la misma implicaba su reforma integral. “El encargado me dijo que tenían que arrancar todos los árboles para poder construir lo que tenían en el proyecto. Me llevé un gran disgusto”, explica Antonio.

No lo pensó demasiado, arrastrando sus pies doloridos por el reumatismo que le martiriza durante el invierno, se marchó a las dependencias del Ayuntamiento. Allí, preguntando, acertó con el responsable del proyecto. Le contó que querían arrancar sus árboles y les rogó que no lo hicieran. “Me dijo que no me preocupara, que el olivo y las higueras seguirían allí y que él se encargaba de comunicárselo al encargado de la obra”.

Y así fue. Sus árboles han quedado dentro de las nuevas jardineras y compartirán tierra con otras plantas que completarán las vistas desde su casa. “La calle va a quedar muy bien, -asegura desde su ventana, posición privilegiada para chequear el avance de los trabajos-, además esta reforma va a servir para que las humedades de los pisos bajos desaparezcan y en verano ya no tendré que estar tan pendiente, porque me imagino que pondrá riego automático”.

Una historia de final feliz que merece estas líneas, porque el sentido común es el camino para la convivencia.

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