“Pasé de estar en una verbena a la cama de un hospital”

Andrea Ruano | Artista

La artista Andrea Ruano.

Andrea Ruano conserva fotos de cuando tenía un año y medio en las que aparece “rebozada de pintura” . Cuenta que sus padres “tenían que forrar las paredes de casa”, porque cuando se le terminaba el papel, ella “seguía pintando”. Así que cuando en plena adolescencia le comunicaron que tenía cáncer, lo de coger un lápiz para bosquejar un “diario emocional” fue casi instintivo.

En la última década ha llenado 14 cuadernos en los que la enfermedad actúa como hilo conductor de un proyecto de nombre “Piel y Huesos” (“Skin and bones”) y de mucho futuro gracias a la Beca de Creación Artística Contemporánea que le ha concedido la Fundación Villalar. “Rodilla simpática, deja de sonar como una puerta vieja”, escribió un día Andrea en los pequeños cuadernos negros con los que durante diez años ha esquivado la impaciencia en salas de espera, ambulancias, cuartos de hospital y convalecencias eternas.

A los 15 años, casi al inicio de un nuevo curso, te diagnostican un tumor óseo…

No solo eso. Es que vivíamos en Extremadura, todavía no nos habían dado la casa en Salamanca, empezábamos en un colegio nuevo, yo tenía 15 años… Empezó a molestarme la rodilla, y me dolía cada vez más. Estábamos pasando el verano con mis abuelos, en un pueblo de Zamora, y mi madre me dijo que en cuanto acabaran las fiestas me fuera a hacer una radiografía con mi tía, que es enfermera. La pediatra del centro de salud vio que el hueso ya estaba roto y había tejido inflamado. En el hospital me hicieron resonancias y otras pruebas y al día siguiente me mandaron al Niño Jesús de Madrid. Pasé de estar en una verbena a la cama de un hospital. Fueron diez días de miles de cosas. El diagnóstico era cristalino: un sarcoma de Ewing en tibia. Seis ciclos de “quimio”, operación y un autotrasplante (habla como quien cuenta una anécdota, incluso a ratos graciosa).

Y todo se detiene…

Imagínate. Recuerdo que el médico me dijo que se me iba a caer el pelo, y yo pensaba: “¡Qué más me da el pelo ahora!” No me acuerdo muy bien de aquello, pero sé que salí del médico y me fui a cortar el pelo. Si se me iba a caer… Ni siquiera empecé en el “cole” nuevo, aunque me dejaron ir un día para conocerlo. Me presenté en clase en plan: “Hola, no voy a volver…” (risas). Luego, ya operada, volví el día del bocata solidario.

¿Qué pensaste en ese momento?

Que había que coger el toro por los cuernos. No tuve ningún tipo de dudas de que tenía que tirar para adelante, saliera como saliera. Con 15 años tampoco te planteas mucho… Estás a uvas. Me dijeron: “Tienes esto, tienes que hacer este tratamiento”, y dije: “Pues adelante”. Es verdad que el tratamiento fue corto, porque me dieron “quimio” de septiembre a diciembre y el 16 de enero me operaron. Estuve recuperándome hasta febrero, me dieron un ciclo de mantenimiento y en abril me hicieron el autotrasplante. Pum, pum, pum. Me recuperé bastante bien. Lo mío fue como un curso, que encima ni perdí.

¿Aprobaste el curso?

Me empeñé en que quería seguir haciendo cosas, aunque solo fuera por distraerme. No conocía a nadie en Salamanca, así que por lo menos…. Mis padres se pusieron en contacto con Pyfano y enseguida organizaron a los profesores para darme clase cuando estaba en Salamanca.

Es entonces cuando inicias una especie de diario en dibujos que se ha convertido en el proyecto “Piel y huesos”.

Para mí en ningún momento fue algo consciente, sino algo natural. Yo pintaba, así que tenía una caja de colores y un cuaderno Moleskine, que es maravilloso, porque es manejable, lo metes y lo sacas de la mochila… A veces decía: “Voy a pintar esta sala”, pero nunca me planteé darle un trasfondo. Es algo que se ha ido generando poco a poco. Además, inicié un blog que luego abandoné, porque no me apetecía estar dando vueltas todo el rato a lo mismo. Un dibujo es una cosa de diez minutos.

¿Diez minutos?

Claro, a lo mejor estaba aburrida en una sala de espera y dedicaba al dibujo diez minutos, no era algo en lo que invirtiera un tiempo conscientemente. La verdad es que el Hospital Niño Jesús es muy plástico, es un hospital infantil, está coloreado por todas partes, es curioso. O en “Trauma” me gustaba una esquina y la pintaba. O veo a una mujer sentada y pienso: “Ay, qué señora más maja”, y hago un dibujo rápido sin que se entere.

¿Como quien pinta garabatos mientras espera?

Claro, pero yo pinto una especie de boceto del niño que está jugando con casitas. O de las sillas, porque hay una caída y tres levantadas y me parece curioso. Los primeros cuadernos son mucho más “caóticos”: un día con lápiz, otro con bolígrafo, otro día planto una mancha… Creo que reflejan inconscientemente cómo estaba mi cabeza y la evolución hasta ahora. Antes había mucha raya, mucha palabra escrita súper fuerte, mucha expresividad. Yo no era consciente, pero igual estaba escuchando música y me dedicaba a escribir frases o letras enteras, en una página de esquina a esquina. A día de hoy, los cuadernos son pluma, tinta negra y papel. Y ya.

¿Se podría decir que al principio tu pintura era más “salvaje”?

Completamente, de una forma increíble. Sigue siendo algo bastante automático. Por ejemplo, los dos últimos cuadernos son, sobre todo, tema hospitales.

La joven artista, con uno de sus cuadernos
Andrea Ruano muestra uno de sus cuadernos

¿Por qué?

Porque el año pasado me operaron por séptima vez de la pierna y me pasé en la cama prácticamente tres meses. Yo tendría que haberme recuperado bien en la primera operación, que fue cuando me quitaron el hueso con tumor, me pusieron un injerto y me lo sujetaron con placas y tornillos. Pero el hueso no ha ido soldando bien y he roto las tres placas de titanio, se me salió un tornillo… (lo cuenta como si fuera un cúmulo de “desaguisados” menores, casi hasta humorísticos). Tengo un amigo ingeniero y todavía no se lo explica. Al parecer, el metal va acumulando la tensión de sujetar mi cuerpo y al final se parte. Lo curioso es que a mí me deja de doler. Voy notando un dolor muy intenso y al final se rompe y es cuando esa tensión se libera.

Hasta un poco metafórico, como las emociones…

Sí, sí, vas acumulando y cuando revientas…

¿Ese periodo es el que peor recuerdas?

Al menos es el más vívido, porque es el más cercano. Ni sé la de veces que entré en quirófano ese año. Llegué a ir a Madrid tres veces a la semana. Cuando me dijeron que me tenían que operar pensé: “Vale, va a ser la última, me planteo estos tres o cuatro meses con calma…”. Pero la recuperación se alargó casi dos años. Mentalmente acabas desquiciada.

¿Y eso se ve reflejado en tus cuadernos?

Sí, porque fue una época de agobio, no sabía en qué momento se iba a cerrar la herida… Acababa de terminar la carrera (Bellas Artes), y me pasé tres o cuatro meses prácticamente en la cama. Apenas salía, estaba como en una burbuja, no me apetecía hacer nada. Los dibujos eran eso: la habitación, la pierna, el aparato de drenaje, que hacía un ruido terrible y que terminé metiendo en una maleta entre toallas para no oírlo… Mentalmente fue una época desesperante, de decir: “Estoy hasta las narices, ya es suficiente”.

En esas páginas hay rabia, autoafirmación, humor… Pero no se detecta ensimismamiento, ni autocompasión.

Si hay algo que odio es lo de “pobrecita”, me hierve la sangre. Tuve mala suerte con el diagnóstico, pero también soy consciente de que he tenido muy buena suerte, porque en su momento yo tenía un 30% de posibilidades de salir adelante. Todo el mundo tiene días terribles, pero soy consciente de ambas cosas, y regodearme en lo negativo no me lleva a ningún sitio.

¿Seguirá trabajando en la misma línea durante el año de la beca?

Sí, la línea que he planteado es sobre la enfermedad y la figura femenina. Incorporando vídeo, fotografías y cuadros de mayor formato. Seguirá siendo un poco autobiográfica, porque, al fin y al cabo, es mi pierna y ha sido mi enfermedad. Tengo un montón de material, como radiografías que me parecen muy auténticas, porque estoy “armando” sobre mi pierna; para mí muchas veces es casi como jugar. Visualmente, no es algo que yo ignore. Hay gente que dice: “Que me curen, pero no quiero mirar”. Yo lo tengo revisadísimo. En cuanto a la figura femenina, tengo un montón de fotos, y creo que es más fácil, dentro de lo complicado de verte a ti misma. Unir esos dos conceptos me parece interesante como terapia, como una forma de perdonarte a ti misma.

¿Perdonarte?

A nivel consciente no me hago responsable de mi enfermedad, pero en un momento dado mi cuerpo se volvió loco. No es perdonarte en plan dramático, más bien aprender a convivir con lo que te has convertido. Nadie sabe qué podía ser yo si no me diagnostican con 15 años. Me arrancaron muchas cosas de golpe. Llevaba casi 9 años jugando a baloncesto, y para mí el deporte era mi vida, junto con la pintura. Tienes que hacer las paces con lo que te toca. No es plato de gusto ir al ralentí, aunque he aprendido a mantener la distancia de seguridad. Tienes que aprender a convivir con el ruido que tienes en la cabeza, a relativizar, porque ni todo es tan bueno ni todo es tan malo.

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