“Abrimos la puerta cada día porque se produce el milagro de la generosidad”

Entrevista | Rocío Ledesma, coordinadora social del Comedor de los Pobres

Rocío Ledesma (izquierda), junto a una voluntaria del Comedor de los Pobres.

Respira el espíritu del Comedor de los Pobres desde que era casi una niña, así que resulta del todo natural que decidiera convertir el proyecto de la Asociación Amigos del Silencio en su opción de vida. Rocío Ledesma es la coordinadora social de una entidad que ahora  regresa a sus orígenes para acoger de nuevo a las personas sin hogar, abriéndoles otra puerta contra la soledad.

El Comedor de los Pobres, ubicado en el 73 del paseo de la Estación, recupera el espíritu con el que nació hace 23 años y en unos días volverá a servir comidas a las personas sin hogar…

Así es. A veces hay que pararse, reflexionar, recordar cuál es el origen y volver a sentir desde ahí. Hace tres o cuatro años cambiamos el sistema de comidas porque aumentó muchísimo la demanda y no teníamos espacio suficiente para que todas las personas comieran en una mesa. Creímos muy violento que un día entraran unas personas y al día siguiente otras, así que decidimos entregar la comida para que se la llevaran a casa. También porque había muchos niños. Así que para llegar a más gente, una minoría se quedó al descubierto, el grupo de las personas sin hogar. Al principio, sí venían a por su tupper y comían en cualquier parque, pero claro, cuando llega el invierno… Durante mucho tiempo hemos querido volver a atenderles, pero ha costado estabilizar nuestra situación y la estructura; es complicado pasar de cocinar para 40 o 50 personas a hacerlo para 200. Ahora que existe una estabilidad en el servicio y los voluntarios tienen todo muy organizado hemos pensado en hacer un turno extra para que la gente de la calle pueda venir a comer aquí. Pensamos que llegarán 20 o 30 personas, pero no tenemos un límite. Adaptaremos el lugar a las personas que se acerquen.

Según vuestra experiencia, ¿cuál es el rostro actual de la pobreza en Salamanca?

Tenemos perfiles muy diferentes de usuarios, pero el núcleo mayor lo forman familias con uno o dos hijos que pertenecían antes a la clase media o clase obrera y que se han quedado sin trabajo. Durante un tiempo ‘tiran’ de ahorros y de ayudas sociales y ahora viven con prestaciones que les dan para pagar el alquiler o la hipoteca –si es que no han tenido que vender su casa- y los suministros, pero no les queda para más.

Es decir, familias que tenían una vida normalizada…

En la mayoría de los casos, la pobreza es producto de la crisis. Sí hay un colectivo afectado por lo que se llama pobreza ‘heredada’ o estructural, pero es una minoría.

¿Cuál es el origen de tu vinculación al Comedor de los Pobres?

Lo fundaron mis padres, así que he vivido esto desde que era una niña. Luego estudié una carrera social, me especialicé en recursos humanos y al final opté por trabajar aquí, donde llevo casi 20 años. Esto es mi trabajo, pero también es mi vida. Es mi opción de vida. Aquí trabajamos y vivimos al minuto, cada día organizamos lo que nos llega, cada día son cosas diferentes. Es una llamada que sentimos para hacer algo, una vocación.

En el Comedor de los Pobres no solo servís un plato de comida, sino que acompañáis a la persona en todas sus dimensiones, ofreciéndoles también otros apoyos…

Las personas que vienen aquí llaman al timbre porque necesitan comida, o porque las derivan de algún colegio, de entidades sociales… Pero la comida es una ‘disculpa’ para llegar a ellas. Porque cuando alguien en su casa no tiene para comprar un filete o para darle a su hijo cada mañana un desayuno con leche y galletas el problema va mucho más allá; a nivel económico y a todos los niveles. Por ejemplo, nos llegan muchas familias que acaban separándose, porque los problemas en una casa crecen cuando no hay dinero, cuando no hay nada que hacer en todo el día, porque no hay trabajo… Es muy complicado. Nuestra labor es sentarnos con las personas, analizar su situación y trabajar con ellas en todo lo que necesiten. Es verdad que muchas veces la gente llega muy tarde a recursos como éste, cuando ya tiene el agua al cuello, pero en la medida de lo posible intentamos trabajar a todos los niveles, incluido el psicológico, porque es complicado adaptarse a una situación nueva.

En esta línea, la asociación pondrá en marcha pronto un nuevo proyecto de apoyo educativo. ¿Cuál es su objetivo?

Es algo que llevamos mucho tiempo pensando y sintiendo, porque nos damos cuenta de que hay muchas familias que quieren que sus hijos estudien, pero que es imposible que paguen un profesor de Química, Matemáticas o Inglés. Si los niños necesitan apoyo y éste no puede llegar desde casa porque la formación de los padres no es mucha y tampoco pueden pagar una academia, el niño fracasa. ¿Qué sucede entonces? Que se repite el círculo de la pobreza. El objetivo de este proyecto, que se llama Misión Educativa, consiste en romper el círculo de la pobreza atendiendo a los niños para que puedan tener éxito escolar. Es un proyecto individualizado basado en un método de trabajo que llamamos One to one, es decir, un profesor para cada alumno. Habrá varios profesores contratados y también voluntarios cualificados (universitarios de los últimos cursos, profesores…), porque el éxito escolar de los niños al final va a depender mucho del profesor, aunque también de su motivación y de la familia.

¿No es mucha responsabilidad saber que para muchas personas el Comedor de los Pobres es el único recurso para comer un plato caliente?

Lo que nosotros intentamos aquí es formar una familia; da igual que una persona recoja comida o una ayuda para el alquiler, que otro la done, que otro ofrezca su tiempo o done dinero… Un día, quizá, el que está recogiendo también aporta, o al revés. Aquí todos somos voluntarios y entre todos sacamos esto adelante. Sentimos que esto es nuestra casa, una familia.

¿La Casa de los Pobres es su lugar de referencia?

Así es. De hecho, para las personas sin hogar la comida de mediodía es importante, pero también lo es sentarse en una mesa con un voluntario que come con ellas. Es como en Nochebuena: no les servimos la mesa y nos vamos a nuestra casa. Ese día algunos renunciamos a cenar en nuestra casa, porque si somos una familia, lo somos a mediodía y lo somos siempre. Al final, ellos sienten que esto es mucho más que la comida, aunque es verdad que no hay más recursos en Salamanca donde puedan comer, y por eso se retoma el servicio.

¿Dirías que en Salamanca somos solidarios?

Nosotros tenemos que alzar la voz y decir que la gente es muy solidaria. Abrimos la puerta cada día porque se produce el milagro de la generosidad, de la fraternidad.

Personalmente, ¿qué es lo más satisfactorio de este trabajo?

La experiencia del día a día. Sentir que, aunque a veces la gente llega con vergüenza porque no sabe cómo continuar, al final vienen tranquilos, a pesar de su situación, sintiendo que vienen a su casa.

¿Hay algún momento duro, que te marque especialmente?

Para mí hay dos cosas muy complicadas. Por un lado, las familias con niños que han vivido bien, de forma normalizada, incluso familias conocidas que no sabes que están pasando una situación tremenda y de repente llegan y, al verte, dicen: “¿Pero trabajas aquí? ¡Qué vergüenza!”. Es una situación muy dura para mí, sobre todo por ellos. Cuando alguien entra en el círculo de la pobreza o en una situación de necesidad intenta que no se sepa fuera, pero llega un momento en que resulta imposible. Y es muy duro para ellos. Como lo es perder los amigos, por ejemplo. Cuando uno vive con 100 euros al mes después de pagar el alquiler es imposible que se tome una caña o un café. Los amigos le invitan un día, dos o tres, pero al final uno mismo se excluye… Y otro tema muy duro para mí es sentir que la gente duerme en la calle. A veces vienen de mal humor, y piensas: “¿Cómo estaría yo si viviera en la calle?”. Todo el día esperando a que llegue la hora de comer o la hora de que abra el Centro de Emergencia Social de Cruz Roja para ir a dormir… Todo el día esperando que haya una puerta abierta que te reciba… Es muy duro.

¿En que cambia la forma de ver el mundo el hecho de estar en contacto con estas realidades a diario?

Te cambia la mirada, porque les ves. Quien se dedica a esto ve necesidades por todas partes. A veces se dice: “¡Pero si no hay pobres!”. Si tienes mirada para ellos, verás que hay un montón de personas necesitadas. Te cambia la manera de caminar en el día a día. Como madre, también te cambia la manera de educar. A veces educamos sobre un todo, sin tener presente lo primordial, que es el yo, la persona, la felicidad. Además, creo que es importante que un niño que lo tiene todo cubierto vea que hay otra realidad que no conoce, aunque la tenga al lado.

¿Sueles llevarte el trabajo a casa?

Constantemente. Aquí se trabaja mucho por la noche, porque durante el día estás con la gente, pero luego queda mucho trabajo de pensar, organizar, papeles, cuentas… Eso, más los problemas de la gente. Hay muchas personas con las que hablo por la noche para preguntarles cómo va todo.

¿No consideras que es una mochila muy pesada?

Es que a veces la gente no tiene a nadie. Uno de los principales problemas de las personas que vienen aquí es la soledad. Y lo que puedes hacer por una amiga que te cuenta un problema a las once de la noche lo puedes hacer con cualquier persona; al final es lo mismo.

¿Y qué es lo que, al finalizar el día, te confirma que vale la pena?

El cariño de la gente. Personalmente me siento muy querida. Es mucho trabajo, pero es muy reconfortante. Con todo lo que me dan, a mí me sobra.

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